martes, 12 de septiembre de 2017

ROL FINAL 2da PARTE (ESTE)

El calor del sol entibiaba los corazones de la ciudad. Esa sensación de paz, fraternidad. De vivir sin un infierno a los pies.

La mansión Wendagon se había vuelto una caja de eco. Los pasos de Evelio retumbaban entre las paredes de piedra. Hacía ya tiempo que solo recorría los pasillos buscando nada, solo matar el tiempo.

La luz se filtraba por algunos huecos, y se podía ver como partículas de polvo danzaban al ritmo del verano. A él le gustaba el sol, su presencia siempre le era bienvenida. Pero desde el asesinato del terrateniente, su misión se había reducido a una: esperar.

Su conexión con el oráculo era completamente nula. Su conocimiento de la magia era pobre y vago. Su mayor virtud la llevaba pegada en su pecho: la lealtad. Su capacidad de dejar todo atrás y velar por quienes confiaron en él hacían obvias las razones por las que Wendagon lo había elegido. Era de cara juvenil y enérgica, sin un solo vestigio de una arruga. El rostro pálido brillaba cuando caminaba a través de esos haces de luz que se metían pidiendo permiso por alguna ventana, o incluso algún agujero de la pared.

La mansión era tan grande que era difícil hartarse de recorrerla. No era para nada monótona, cada cuarto tenía su propia esencia. Una especie de sensación en el aire al entrar que al pasar un rato se la llevaba el viento. Todas las habitaciones tenían como mínimo un cuadro. Evelio se perdía imaginando historias con solo mirar los colores. No tenía que si quiera esforzarse, era como si las imágenes lo esperaran para contarles sus historias.

Más allá de la lealtad, más allá la belleza de la mansión. La sombra del asesinato del dueño de la mansión y la sangre coagulada en el suelo —que Evelio nunca se animó a limpiar—, lo perseguían en las noches. No había quedado rastro del asesino. Y no tenía idea si podía volver por él para cortar todo vínculo cercano del señor de tierras. De todas maneras, las horas de vigilia eran porque sabía que podía haber hecho algo al respecto. Quizás siendo haciendo de carnada, al precio de morir, a cambio que su señor siguiera vivo.

El funeral había sido multitudinario. Había pocos llantos reales, pero había predominado una tristeza rayada de genuino respeto. No era menor el hecho que no había más lágrimas para llorar. Muchos terratenientes habían muerto en muy poco tiempo. Parecía que la gente se acercaba a despedirlo como dándole gracias por su ayuda en algún momento de la vida, tal vez con dinero, con su poderes premonitorios o simple sabiduría.
Una vez que el cuerpo empezó a apestar la gente se disipó. Nadie se quedo para el entierro más que el siervo y el hombre enorme encargado de levantar el ataúd. Tal era la lealtad de Evelio que pidió ser él el que tapara con tierra el lecho. A pesar de sus brazos escuálidos y su endeble torso, terminó la tarea. Wendagon estaba enterrado en el jardín de la mansión. No tenía ningún mausoleo ostentoso, solo una lápida y un cajón de madera con quince clavos.

Esa tranquilidad. La impunidad y la manera de derrochar el tiempo que tenía el Este. Alles estaba condenado por sus propios pecados. Solo con el instinto de los que le eran leales al Deus era suficiente.

Gritos. Primero en la lejanía, como una tormenta regurgitando y después tan cercano como un susurro. Se acoplaban, uno encima del otro y en menos de veinte segundos era algo ensordecedor.
El sol miraba, impune también.
Evelio corrió hasta la puerta principal. Imprudente, simplemente la abrió sin más. Bajando por la calle, gente corriendo, perseguida por seres espantosos que él nunca había siquiera visto en sueños. Las arañas del bosque habían esperado demasiado tiempo ese momento. Envueltas en un odio sin remedio, sus ojos se habían vuelto rojos por la influencia del Deus.
En el intervalo de diez segundos en el que Evelio salió afuera a mirar, presenció por lo menos como desmembraban a tres personas en la calle. Antes de que pudiera cerrar la puerta, un cuervo, con los mismos ojos en carmesí, lo divisó y se abalanzó de un salto sobre la entrada de la mansión. Evelio notó que era imposible cerrar a tiempo el portón, y empezó a correr despavorido. El cuervo que casi llegaba a los dos metros de altura, era mucho más rápido que el joven. Podía correr, pero no tenía ningún margen para escaparse. Subió unas escaleras a una velocidad que no sabía que pudiera ser real. Recorrió unos metros y se metió en una habitación a la izquierda.
Apenas llegó a poner el pestillo. De inmediato se hicieron sentir los golpes desde el otro lado, queriendo tirar la puerta abajo. Evelio se apresuró a encarar la ventana, pero con solo ver la altura sus piernas se aflojaron. Era demasiado alto para saltar, solo podía esperar a que la muerte llegara. La madera empezó a crujirse. El hierro que sostenía la posición de la puerta también cedía.
A pesar de recorrer las habitaciones prácticamente todos los días, nunca había visto lo que un rayo de sol hizo brillar bajo la cama. Lo recordó de inmediato. Esa era la habitación que el pistolero de la profecía había descansado. Había olvidado un revólver.
Con una seguridad impropia tomó el arma y corroboró que estuviese cargada. No estaba seguro de como funcionara, o si el calibre era suficiente para matar a una bestia de la envergadura de aquel cuervo.
Se paró frente a la puerta. El cuervo había roto de una patada la madera. Hizo un hueco lo suficientemente grande como para que intentara meter su cabeza por ahí. Intentó meter sus alas también y terminar de derribar la estructura. Miró a Evelio con aquellos ojos rojos y una ira rabiosa, desesperada. El siervo se acercó hasta el bicho e incluso al ver el revólver, el bicho no sintió la más mínima expresión de miedo. Evelio disparó cuatro veces en el cráneo, dándole una muerte instantánea. Intentó abrir la puerta, pero todo el mecanismo ya estaba demasiado torcido para funcionar correctamente. Gastó las últimas dos balas en el picaporte y en el pestillo. Paso siguiente todo se desmoronó al instante. No sintió lástima por matar a la bestia.
Evelio corrió buscando algo que conocía muy bien; el altillo. Era la posición más segura de toda la mansión, y estaba seguro que debía haber algún arma escondida. Dudaba de que tuvieran la capacidad de encontrarlo allí, o si quiera que recorrieran una mansión prácticamente abandonada cuando los alaridos de la calle que orquestaban la escena le daban la seguridad que afuera había suficiente como para entretenerse un buen rato. A toda carrera, y sobre todo sin querer mirar atrás para ver si alguna cosa lo perseguía, recorrió los 3 pisos faltantes. Abrió el portal de firme metal y se encerró. Era un lugar enorme, con algunas reservas de comida y agua y su correspondiente cuadro. La esencia del lugar lo hizo tranquilizarse en un momento que parecía imposible hacerlo. El celeste claro que pintaba el cuarto le recordaban a la infancia, por alguna razón. En la pared, había una espada colgada, de la que se aferró como si fuera un niño pegado al pecho de su madre.
No quiso ni asomarse al pequeño hueco en la piedra, que funcionaba como ventana. Tenía miedo de tener contacto visual con lo que había en barrio alto de Veringrad. La altura no era ningún atenuante para el mar de gritos que recorrían la ciudad. Sentado y paciente, se dejó envolver en ese sufrimiento hecho sonido. Los minutos pasaron y finalmente no se resistió más. Desde lo alto, pudo ver como los humanos eran diezmados, sin ningún tipo de piedad. Aunque no pudiera asegurarlo por la distacia, estaba seguro que todos tenían ese carmesí profundo en los ojos. No entendía que carajo sucedía, y decidió cumplir con lo que Wendagon le había encargado. Esperar. Sentado y callado. Cerraría los ojos y trataría de ignorar los cristales rotos, los llantos, y los pedidos de auxilio. Esta vez, el no podía hacer nada.

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