martes, 12 de septiembre de 2017

ROL BETA FINAL 1ra Parte(OESTE)

El llanto de Ítalo revivió una vez que se puso de pie. Vio como la sangre que salía de la cabeza de su hermano se mezclaba con el barro y formaba una especie de pasta roja espantosa. Se tomó el rostro y lo apretó. Sintió el olor de la carne de su brazo calcinado y sintió también el ardor. Tenía la piel al rojo vivo; las gotas que caían allí le producían una sensación de una quemadura insoportable.

Lloraba con ganas; gemía y el aire apenas pasaba por su garganta. Caminaba de un lado al otro, buscado arroparse de la lluvia y sentir algo sólido donde apoyar la espalda. La llanura del claro lo hizo sentir sin esperanzas. Giraba la cabeza buscando algo, pero no lo encontraba. Volvía al mismo lugar, volviendo a ver el cadáver. Lloraba y no era capaz de detenerlo o hacer algo apaciguarlo. Se desplomó —de rodillas— frente a Hanzel, dejando caer el peso de sus hombros hacia atrás. Agarró el lodo del suelo y lo arañó ansioso, desesperado. Con la mano que no estaba quemada, tomó la del difunto. La acarició y sintió como el calor se iba disipando. El agua helada borraba los vestigios de la vida de su hermano. Frotó con su pulgar la palma de la mano con delicadeza y luego la apretó fuerte.

—Hanzel... No quiero sufrir más —dijo con un hilo de voz, en medio de los sollozos.


Todavía aferrado a la humanidad del mago, cerró los ojos y con el pasar de los minutos su cuerpo compungido empezaba a dar indicios de querer parar finalmente.
El corazón del bosque latía cada vez más rápido y fuerte. Ahora la lluvia menguaba, convirtiéndose en una llovizna que se deslizaba en la brisa. Ítalo se movió hasta donde estaba Aldara, que muy despacio se intentaba poner de pie. Agitada y agotada lo miró a los ojos, pero no abrió la boca.

—El resto —le dijo—. Hay que movernos.

Aldara asintió y luego de llenar de aire su pecho estiró el brazo hasta tocar al cazador. Había una extensión del bosque que rodeaba el río más adelante y e imposibilitaba ver más allá. Usando el anillo recorrieron los kilómetros de llanura en un segundo. Dónde terminaba esa pequeña extensión de árboles, fluía el río y desembocaba en el enorme lago. Tanto Ítalo como la nereida divisaron las figuras de los magos, el pistolero y Malo. La imagen se mantuvo estática por varios segundos. No entendían que pasaba, ninguno de los cuatro se movía. 
Ninguno de los dos aportaría  algo significativo a la pelea, por lo que Ítalo los transportó a una distancia prudente.

—¿Karus... está arrodillado? —le preguntó a la nereida para saber si sus ojos no lo engañaban —¿Qué es ese brillo que le sale de la armadura?

Aparecieron en la escena y sus compañeros giraron sus cuellos para encontrarse. Los miraron severos a los que llegaron y, casi de inmediato, su atención volvió a seguir mirando a Karus.

—Yo también estoy contento de que estén bien —dijo el cazador, sarcástico.

El pistolero lo silenció mientras mantenía sus dos calibres apuntando desde la cadera. Cregh tenía las manos brillando de un amarillo pálido; arte alternativo. El mago se puso en cuchillas y miró a Karus. Malo abandonó su forma canina y dispersó el ambiente tenso.

—Creo que realmente está muerto—le dijo a Li, todavía con las manos brillando—.
—Si...—le contestó al mago enfundando uno de sus revólveres muy lentamente— eso parece.
—Miau— afirmó Malo.
—¿Qué paso? No entiendo —preguntó Aldara.
—No sabemos... simplemente cayó así al suelo y dejó de moverse —dijo mientras lo señalaba con el revólver que le quedaba.
—Y empezó a destilar esa cosa brillante —acotó Cregh.
—¿No te recuerda a la luz de las plantas de los Robler? — le preguntó Ítalo y el mago afirmó en silencio.

El espectro que era Karus había terminado su ciclo en ese cuerpo. No era de su propiedad. Por más que no fueran más que un títere, los cuerpos en los que reencarnaban tenían la posibilidad de dejar de responderle una vez que les fuese físicamente posible seguir moviéndose. Karus sentía el dolor del cuerpo, pero no era más que algo pasajero. Al final, el cuerpo podía revolucionarse de las órdenes del ente,  al costo de morir al paso siguiente. La gran mayoría de las veces, poco tenía que ver con la voluntad del cadáver, sino con la propia estructura biológica que la sostenía. Se exigían límites más allá de lo que soportable y el mecanismo se rompía. Esta vez para siempre.
 Y sin vida el mago no podía mandar. Vagaría entre los mortales hasta que otro hechicero decidiera llevar a cabo la ceremonia para que resucitara. 
Su influencia ahora era nula. Los residuos de la ceremonia inicial, de la planta milagrosa del Oeste se purgaban por los poros del pobre cascarón que había utilizado. Rendido y humillado por el abuso que Hanzel y Karus habían llevado a cabo, el ser encontraba la eternidad con las rodillas clavadas en el piso y una espalda vencida hacia atrás. El propio peso del cuerpo hacía que se patinara hasta que cayó al piso.

—Está muerto —sentenció el pistolero y guardó el otro revólver.

Se mantuvo el silencio por unos instantes más, hasta que Aldara dio un paso al costado de Ítalo y rodeó el brazo con una fina capa de agua. El cazador chilló de dolor.

—No hace falta, todavía me quedan hojas de Valma como para curarlo —le dijo Cregh, apropincuándose.
—No, déjala. Sanala, revisa su herida de bala —dijo Ítalo, quejándose por el dolor.

Cregh se acercó y sacó la hojas curativas. Le pidió a la nereida que se sentara. Ella no mostraba expresiones de nada más que cansancio. Movió el brazo que no estaba atendiendo Cregh y el agua en el brazo del arquero se convirtió en una especie de escarcha. El mago se enfocó en la herida  hasta que vio la vista perdida de Ítalo.

—¿Él... murió? —preguntó Cregh
—Si, yo lo maté —dijo Ítalo sin más lágrimas para llorar. Quiso tomar la responsabilidad, no el mérito. Sabía muy bien que sin la nereida nada hubiera sido posible. 

Malo se frotó contra las piernas de Li, que con miraba ausente el lago de donde nacían los latidos.

—Aldara estuvo increíble —comentó Ítalo.
—No lo dudo —dijo Cregh.
—El amuleto era la clave.
—¿Qué cosa? —preguntó el mago.
—El amuleto que te llegó en Havenstad es lo que te permite utilizar el arte alternativo. Mi hermano tenía uno idéntico —le dijo Ítalo.

Cregh revisó entre sus prendas y sacó el amuleto. Lo miró con detenimiento y volvió a asentir. Nunca se le había cruzado por la cabeza. Destino tenía un plan orquestado hasta el más mínimo detalle.

Ítalo pensó en contarle acerca de los hechizos de Hanzel, pero no veía el punto de ponerse a leer un libro en una situación así. Desconocían la cantidad de tiempo que tenían y una vez más, no sabían como seguir. Aldara tuvo la corazonada que ese lago era el Oeste. No había nada más allá para el grupo. Eso implicaba que volverían a casa, o morirían con los ojos mirando a sus espaldas, su tierra, su patria; el este.

—El lago es nuestro destino. El destino de todos —susurró ella.
—No hay más posibilidades de titubeos, Cregh —se dijo el mago a si mismo, apretando los puños.
—¿A qué te referís, Aldara? —preguntó el pistolero.
—Todos, literalmente. Siento algo debajo del agua. —dijo con una mueca parecida al asco.
—¿El Deus? —preguntó ansioso el cazador.
—No —negó rotunda—... no creo que eso sea él.
—¿Qué es? ¿Qué sentís?—dijo Li.

Aldara cerró los ojos y perdió cuidado total sobre el brazo de Ítalo, el agua cayó al suelo sin escalas. Ella se tocó sus brazos y los frotó como si tuviera frío. Nos miró confundida y meneó la cabeza en un movimiento apenas perceptible.

—Almas —dijo.
—Tiene sentido— dijo Li, quién esperaba esa respuesta.
—¿Por qué tendría siquiera una pizca de sentido?—dijo Cregh
—No es la primera vez que relacionan el agua con las almas. Escuché historias tanto del Este como del Oeste sobre la idea de que a los espíritus se los lleva un río. Para desembocar en algún lado —dijo, tocándose la punta de la nariz.
—¿Y? No veo porqué deberíamos preocuparnos —dijo el mago.
—Yo tampoco— dijo Ítalo apoyando a Cregh y mirando confundido a Li. Aldara seguía con la cara atravesada por esa sensación y no decía nada.
—No sé, que el Deus se arrastre hasta un lugar así para que sea solo...¿agua?
—Están... tibias... Dioses, Dioses —gimió—, puedo sentir como nadan.

Aldara empezó a toser por las horribles sensaciones que le daba ser capaz de percibir ese caldo de almas.

—¿Estás bien? —le preguntó Ítalo.
—Es... demasiado.. desagradable —dijo apoyándose en el piso y escupiendo. —Son como peces... ¿vivos? —sacudió la cabeza, tratando de sacar esa cosa de su cabeza.
—Bueno, si son peces están vivos —aclaró lo obvio el mago.
—Aldara manipuló el agua del río sin ningún tipo de problemas antes —dijo Ítalo.
—No es lo mismo —dijo Li con toda certeza—.  Acá es donde terminan, donde se conglomeran.
—¿Cómo sabés tanto?—le preguntaron al unísono Ítalo y Cregh.
—No es que lo sepa, estoy tratando de darle sentido.

Ítalo se quitó las prendas del torso, que estaban tan chamuscadas como empapadas.

—¿Cómo seguímos?¿Cómo matamos al Deus? —dijo el arquero, en cuchillas. Li se acercó a él pero no dijo nada.
—Nuestra mejor chance es que lo intimides con ese estado físico, Ítalo —dijo Cregh desde lejos, conteniendo a Aldara con suaves roces en la espalda.

El cazador río y sacudió la cabeza. Miró el suelo por un largo momento y luego su mirada se corrió hasta Li.

—¿Qué hacemos? —dijo en voz baja, como restringiendo la charla a ellos dos. El pistolero seguía perdido en el lago. Ítalo le golpeó la pierna intentando hacerlo reaccionar. —Sos el que está apareciendo con estas ideas. Tienes los pensamientos más fríos y calculadores... yo acabo de matar a mi hermano —dijo sin inmutar sus ojos.

El pistolero suspiró y puso las manos en la cadera.

—¿La espada? —dijo, sin certeza, mirando sus revólveres.
—¿La espada? —repitió Ítalo.
—La espada —afirmó ahora Li, desenfundandola— ... tiene que ser.

Ítalo le quitó la espada de las manos al pistolero y se dirigió al lago.

—¡¿Qué haces?! —gritó Li.

El cazador tomó la iniciativa y puso un pie dentro del lago. Se quedó perplejo al sentir la temperatura del agua. La tibieza que tenía era totalmente opuesto a lo que esperaba. También sintió una rareza en la manera que el agua fluía. No era suficiente información para afirmar que eran almas, pero viendo la reacción de Aldara, se había convencido que era así.

Dejó caer la punta de la espada en el agua y miró como esta se volvía turbia. Una estela negra como el carbón rodeaba el arma. Como si estuviera hecha de acuarela, teñía el contenido del lago. Ya no se atrevía a decirle agua, porque no lo era en absoluto.
En cuestión de segundos sintió como del lado derecho de su pierna ya no sentía el calor tenue del lago. No era casualidad que estuviera sosteniendo aquella espada tan particular en su brazo derecho.

Sin reacción, perdido, mirando como el líquido perdía transparencia, ignoraba los gritos de Cregh. El mago había olvidado rápidamente la decisión que había tomado. Dejó las bromas y esa sonrisa que rara vez se le despegaba de la cara. Corrió hasta donde Ítalo y le puso una mano en el hombro, intentando parecer amigable. No había ninguna intención de lograr algún tipo de consenso, simplemente tomó la espada y, cuando el arquero levantó la vista, Cregh lo miró y le dijo “Necesito hacer esto”. Le extirpó el arma de las manos sin sacarle los ojos de encima, como si se trata de un sacarle un dulce a un nene. “Yo” le dijo señalándose el pecho. Ítalo guardó un silencio perfecto.

Cregh no sintió la tibieza, ni en ningún momento apreció como el agua se enturbecía por el contacto de la espada. Cregh se había hartado de su imagen. Ser el mago que prendía fuego pueblos, que les perdonaba la vida a los cuervos del Este. Que ni siquiera había podido demostrarse a sí mismo que podía, porque Karus había caído de rodillas sin decir mucho más.

Pensó en cuanto miedo tenía a morir. Pensó en cuan egoísta era anteponer un deseo personal a la vida de un continente entero, pero no era así. Por primera vez en su vida, confiaba en sí. Se aferró la espada y siguió adentrándose en el agua. Llegó hasta las rodillas, cintura, y pecho. Sintió un tirón en el pie y que lo hundió de un instante. Desesperado, recordó que no sabía nadar antes de que podía conjurar algún hechizo para respirar bajo el agua. Ahí abajo, no lograba ver nada más que oscuridad.
Aquella fuerza que lo adentró no hizo ningún otro esfuerzo por intentar ahogarlo. Sintió los latidos haciendo vibrar el agua. Escuchó algo más. Un ruido desarticulado, pero que tuvo la sensación que no provenía del agua. Conjuró una burbuja de aire, e intentó escuchar.

El ruido era como el de mil voces hablando una encima de la otra, pero todas diciendo lo mismo. Tuvo un escalofrío que se sintió como un pedazo de hielo bajando por su espalda. Descubrió que sus movimientos no eran de fluidos.Y mucho más aterrador, era que él no lo estaba controlando. Cregh pensaba en izquierda, pero su mano dudaba y se movía a la derecha. Él quería apretar la espada, pero la mano empezaba a dejarla resbalarse de sus dedos. Se concentró y todo volvió a estar bajo su control. Inmediatamente después, ese sonido desarmado y plural que escuchaba se hizo más claro. Por encima de esas palabras incomprensibles, una voz salió de su cabeza, hablando en el idioma del Este.

—¿Hechicero?—le preguntó la voz.
—S-si — titubeó el mago.

Las voces hicieron un zumbido, pero no respondieron. 
Al mismo tiempo, los latidos dejaron de sonar.

Los kilómetros de flora que habían crecido en pos de defender la cuna del Deus se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. Como si nunca hubiera existido. Solo quedaba una planicie hasta las montañas que rodeaban Verin, el río y el lago.

De su sueño que se había hecho eterno, el Deus retornaba al lago para reclamar su trono. Revitalizado, se paraba sobre el lecho del lago, mostrando la ornamenta de su cráneo. Dando apenas tres pasos, fue suficiente para desvelar todo su cuerpo. Desde su cuello rodeado de hojas y ramificaciones, a su manto negro que cubría hasta las rodillas.
Carecía por completo de piel, su carne estaba a la intemperie. Su esqueleto, hecho de en partes iguales de hueso como madera eran su principal y única armadura aparente. De su cráneo, dos huecos negros hacían de ojos y de su boca, con unos dientes de corte carnívoro, caía de manera grotesca una baba negra.
Sus tres metros de altura eran suficientes para entenderlo todo. La envergadura de sus hombros pasaba el metro y medio. El cuervo más grande llegaba siquiera a su pecho. A su alredor, pedazos de piedras de todos los tamaños se desprendían del suelo y flotaban con su mera presencia.


La revolución había comenzado.

A miles de kilómetros, también era tiempo de desatar el caos. La propia naturaleza de su cuerpo les pedía con desesperación matar al enemigo. El sosiego del Este había terminado. Un cuarto de hora, era todo lo que ellos necesitaban.























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