martes, 3 de abril de 2018

ROL Beta - Epilogo 2: Malo

—Viví —dijo la bruja. Y llegué a la vida.
Dioses, que vida. Creo que nunca me sentí tan bien como en ese primer entonces. La cueva era fresca, oscura excepto por la fogata de la bruja. No había preocupaciones ni fuentes de estrés. Estaba lleno de vitalidad. Me estiré con mis cortas patitas, y un cadáver de ratón casi tan grande como yo cayó frente a mí.
—Protegé mis secretos, gato, y siempre vas a tener comida.
Quién era yo para rechazar ese trato. Salté sobre el cuerpo del ratón y me puse a merendar. No estábamos solos en esa cueva oculta del mundo, en la que el ruido de las brasas era lo único que recordaba la existencia del mundo exterior. Entre las rocas y las grietas, escondiéndose en las sombras, había docenas de ojos observando. Felinos negros, mirando silenciosamente a la bruja. A su alrededor había cuerpos. Cuerpos de gatos, claro. Todos pequeños, todos de menos de un mes. Tomo uno para ponerlo junto al fuego, y le echó unas gotas de un frasco naranja en las orejas. Juro que escuche un aullido de perro en el aire. La bruja empezó a recitar palabras macabras, y a golpear rocas contra el suelo en ritmos complejos. Al cabo de unos minutos dejó las rocas a un lado, puso sus manos sobre el gato muerto e hizo salir una magia intensa, un pulso que si pestañeabas te lo perdías. Finalmente dijo: “Viví.” El gato cobro vida.
Guau, pensé. A esta vieja le debe hacer falta mucha compañía si anda reviviendo gatos. Y no me equivocaba. Pasarían años antes que viera a otra especie.
En fin, la bruja sostuvo un ratón muerto sobre el pequeño gato, y exigió su adoración. El gato saltó varias veces, pero viendo que le era imposible alcanzar el ratón juró lealtad a regañadientes y la bruja dejo caer el cuerpo. Que bruja, pensé.
Termine por comerme mi cena mientras la vieja trabajaba incesantemente, uno por uno. Como se come uno un ratón de su tamaño lo dejo a la imaginación, pero basta decir que siempre supe que yo era dos cuerpos. No me pregunten cómo, la vieja lo había hecho y yo silenciosamente lo aceptaba. En esa noche de primavera las montañas habían visto una nueva especie nacer.
Un gato cojo se me empezó a acercar. Era de pelaje gris como ceniza. Recé porque pasara de largo, pero el imbécil se detuvo a hablarme.
—¿Cómo te llamás? —dijo—. Yo soy Carinus.
Bien por vos, amigo, pensé, y me enrollé para ignorarlo. ¿Quién se creía que era? Asumí que ese salió defectuoso. El idiota trató de hablar con otros gatos, pero como todos lo ignoraron se fue a descansar al lado de la bruja y se quedó dormido. La bruja siguió reviviendo muertos, hasta que la llama se apagó, y disfrute de mi primer sueño en ese mundo.

La vida con la bruja era sencilla. Había que proteger sus secretos, claro, pero vivía sola así que no había ningún peligro. Así que podía salir cuanto quisiera y al volver la bruja me esperaba con comida y caricias. Estas últimas eran agradables, supongo, aunque a veces te abrazaba fuerte y no te dejaba ir, y a nadie le gustaba eso. Excepto a Carinus. Ese idiota siempre andaba pegado a los pies de la bruja, pero era la excepción. Nuestra especie no requería realmente de compañía.
Ni siquiera nos buscábamos entre nosotros; era muy difícil captar nuestra atención. Si alguno cazaba un ave yo solo juzgaba su desempeño para mis adentros. Solo Carinus se maravillaba por el espectáculo. A veces parecía humano; la única otra persona que hablaba tanto era la bruja. Y cielos, cómo hablaba.
Para ser alguien con secretos, la vieja no tenía problema en caminar de un lado a otro contándolos y repitiéndolos incesantemente. La vieja loca hablaba sola. “Tengo que preparar el estofado de primavera, necesito otro año más.” “Nitrato, carbón, y azufre. Nitrato, carbón, y azufre. Esta vez sí me voy a quitar las arrugas.” “Debo juntar canela mañana para hacer el mejor té del mundo. Esta vez va a ser el mejor.” Y ni hablar de cuando se ponía paranoica.
—Debo juntar comida. Necesito comida antes que lleguen los humanos. Los humanos van a matar a Dios. Lo van a matar, sí.
Cuando lograba perfeccionar algo, escribía sus métodos en un pergamino que luego tiraba al fondo de la caverna. Luego dejaba de hablar de eso, como si nada hubiera pasado.
Así pasó un largo tiempo, porque la vieja no moría. Ni siquiera adquiría más arrugas, aunque no sé si era porque a esas alturas no tenían donde más aparecerle. Afortunadamente para nosotros, tambien llegó un punto en que dejamos de envejecer.
Un gato normal con suerte vive diez años, pero pasamos ese tiempo diez veces en la cueva. Así que teníamos que ocupar nuestro abundante tiempo. Carinus se dedicaba a ver cuántas caricias podía recibir en un mismo día, pero yo me dedicaba a cazar aves. Muchos cazaban aves para comer algo que no fueran ratones, pero yo lo hacía por deporte, y no exagero ni presumo al decir que fui el mejor que haya habido.
A los pájaros les gustaba buscar gusanos por el suelo. Yo me acercaba con cuidado, pero el ave huía demasiado pronto. Así fue como aprendí a transformarme. Si me volvía perro y corría hasta el ave podía alcanzarla; ese cuerpo era más rápido y más fuerte. Carinus, por supuesto, siempre quería que le enseñara a cazar. Era desesperante; para empezar, era cojo.

No pudimos permanecer aislados para siempre. Un día aparecieron tres personas; dos cuervos y un lagarto que estaban cruzando las montañas tirando una carreta. Era la primera vez que veía gente así. Tuve una sensación extraña al verlos, como si me estuviera olvidando de algo. Tenía que hacer algo con la gente que se acercaba, ¿no? pensé en lo alto de un árbol. No tuve mucho tiempo para meditarlo, porque la bruja los vio y pegó un grito. Tiró un hechizo... y los pulverizó a los tres. Los transformó en un fino polvo que se fue con la brisa. Por primera vez sentí miedo; más me valía aprenderme mis órdenes al pie de la letra.
Luego de aquella cálida bienvenida al mundo exterior empecé a notar viajeros que pasaban seguido, aunque estos mantenían su distancia. Debían querer evitar el destino de sus predecesores. La vieja empezó a hablar aún más; empezó a hablar sobre los humanos.
—Los humanos se están reuniendo —decía—. Los humanos van a arruinar mi trabajo. —Una noche despertó gritando—: ¡La forjaron! ¡Forjaron la espada!
Sus exclamaciones nos despertaron a todos. Esa fue la única vez que la vi usar uno de sus pergaminos. La bruja empezó a recitar el pergamino frenéticamente, apretando una piedra mágica; emitía un brillo azul y daba calor propio. La puso en la entrada de la cueva. A partir de entonces ninguno pudo salir afuera durante una semana. Acercarse a la piedra causaba un ardor, una sensación de que estabas muriendo.
Durante esa semana, la vieja cayó enferma. Supimos que estaba mal porque un día dejó de hablar por completo. Ni siquiera acariciaba a Carinus, que tanto amaba. La palma con la que aferró la piedra se puso roja y se le llenó de quemaduras. Tenía fiebre; escupía sangre. Deliraba, y pronto empezó a hablar más que nunca. Hablaba de humanos; repetía unos nombres que a veces variaban. Una vez pregunto por un hijo. Estuvo así cinco días en los que no comió nada. En el día final el sol simplemente no salió. Supongo que hoy se acaba el mundo, pensé, cerca de la entrada.
Tras unas horas tensas en que se me erizaba el pelo, la piedra se cayó sola de su lugar y fuimos libres de salir. De pronto había un bello sol afuera. Las aves cantaban alegres como en primavera, a pesar de que era invierno. Las flores brotaron de inmediato. Y la bruja se recuperó.
Nunca nos explicó que fue lo que paso, pero cuando salimos creo haber sentido algo en el aire, como cuando no notás un olor hasta que desaparece.
Tras eso volvieron los años de paz. Por más larga que fue nuestra estadía, nada dura para siempre. La enfermedad de la bruja fue dramática, pero su muerte fue todo lo contrario. Un día volví a la cueva para encontrarme con su cadáver. Los demás gatos estaban reunidos en un círculo.
—Una pareja. Una pareja la mató —dijo uno, sin despegar la vista. Habíamos necesitado un evento así para hablarnos entre nosotros.
—¡No! ¡Faustiana! —exclamo Carinus, desde atrás. Corrió cojeando entre los gatos para ver a su dueña, y empezó a moverla, intentando despertarla mientras lloraba. En ese momento vimos a tres personas saliendo de la cueva.
—Mierda, ¿para qué tenía tantos gatos esta vieja? —dijo una mujer.
—¿A quién le importa? Ni siquiera tenía monedas —dijo el hombre que la acompañaba. Vi que cargaba varios de los pergaminos—. A ver si por lo menos acá hay algo bueno.
El sujeto fue a abrir uno de los pergaminos, y nosotros retrocedimos. Apenas lo desenrollo este estalló en sus manos, cubriéndolo en llamas y humo.
—¿Antonio? ¡Antonio! —gritó la mujer. Empezó a sacarle las llamas de encima, de alguna forma moviéndolas sin tener que usar magia.
—Vieja puta —gimió el hombre. Sus manos sangraban; un dedo parecía colgarle.
—¡Idiota! ¡Vámonos de acá!
Se alejaron rápidamente, dejando los otros pergaminos en el suelo. El tercero los siguió con calma, jugando con un péndulo. Noté que sus pies no tocaban el suelo. La vieja había ganado al final: les había echado una Maldición.
Los pasos alejándose dieron lugar al llanto de Carinus. La bruja siempre había evitado el sol; cuando salía se cubría con mantas. Ahora que no podía cubrirse, el sol deshacía su cuerpo, volviéndola polvo poco a poco. Carinus repetía su nombre una y otra vez, llorando.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó uno de los gatos.
—Hay que proteger sus secretos —respondió otro. Sin hablarlo más, nos dividimos en dos grupos.
Lo destrozamos todo para que nadie pudiera usarlo. Hicimos caer una piedra enorme por la montaña, sellando la entrada para siempre. Aquello fue todo.
Carinus se encontraba acurrucado sobre el cuerpo de la bruja y seguía ronroneándole penosamente. Habiendo cumplido con nuestra misión de forma definitiva, ya no había nada que nos atara a este lugar. Nos miramos una última vez y nos fuimos cada uno por su lado.

Decidí que de algún lado debían venir todas esas criaturas que pasaban, y pensé que si había especies nuevas debía haber tambien aves nuevas que cazar, unas que representaran un desafío. Partí sin rumbo a un viaje que tomó años.

Como sea. Dormí por muchos lados, marque muchos territorios, y se podría decir que era el rey de mi pedazo de montaña donde habitaba. En ocasiones me encontraba con alguno de mis hermanos, caso en el cual simplemente cambiábamos de dirección por respeto. Siguiendo caminos que seguro debieron ser rebuscados y llenos de vueltas, termine a los pies de la montaña, en un hermoso claro para mí solo.
El lugar era bellísimo. Habían arboles por todos lados, un pequeño lago cristalino en el medio y las aves abundaban así que había comida de sobra. Empecé a marcar cada uno de los arboles rodeando el claro con el objetivo de algún día dar la vuelta al lugar. Sin embargo, un día escuché una conmoción. Levanté las orejas para oír algo familiar. Carretas. Abrí los ojos para encontrarme a una caravana de humanos deteniéndose.
Mirá qué bien, pensé. Qué suerte la mía. Los mire como se asentaban en el lugar. Los hombres construían un campamento, las mujeres cocinaban algo con buen olor y los niños jugaban cerca del rio. Traían animales, entre ellos aves inútiles que no volaban y a las que les cortaban la cabeza para comer. Entonces note a los hombres trabajando cerca de un roble, y como lo hicieron caer de pronto.
¡Ey! ¡No había dormido ahí aun! Me bajé furioso de un cerezo y me acerqué al campamento para darles su merecido. Los primeros que me vieron fueron los niños.
—¡Mirá! ¡Un gatito! —dijo una nena, agarrándome desprevenido. De pronto todos esos nenes se me tiraron encima; ¿querían atacarme? Tenía ganas de pelear, así que acepté, salté sobre la nena y le arañé la cara. Todos los chicos empezaron a gritar y se alejaron.
La nena logro escaparse, y la seguí hasta donde los humanos construían su hogar a base de mis árboles. Desgraciados. Entendí por qué la bruja los odiaba. Las mujeres me vieron atacando a sus niños y agarraron palos para espantarme. Me transformé en perro y me lancé contra ellas.
Los hombres llegaron cuando recién comenzaba. Llevaba apenas dos mujeres cuando saltaron sobre mí con sus hachas. Evitarlos era muy fácil, hasta que una flecha paso a centímetros de mi cabeza. Un arquero. Lo encontré mientras buscaba otra flecha y lo maté antes que diera problemas. Al fin y al cabo, los humanos eran igual que los demás animales: un corte en el cuello y estaban listos.
La gente corría y gritaba. Entre la multitud se hizo un espacio, y un anciano con un anillo resplandeciente se paró frente a mí. Se me erizó el pelo. Corrí hacia él, y este convoco todo su poder y su magia y lanzó un hechizo contra mí.
Hubieran visto su mirada; se le pusieron los ojos como plato cuando le alcance el cuello. Su gran hechizo apenas me había movido el pelo. Ahí descubrí que mi especie era inmune a la magia. Lo mate mientras el resto de la caravana corría de vuelta a las carretas, dejando atrás sus posesiones y sus animales. Corrí tras ellos y conseguí bajar a una docena, pero el resto escapo. De todos modos, no estuvo mal para alguien fuera de práctica, ¿eh?
Entre los escombros sentí un olor fuerte que me hizo ponerme alerta. Un olor exquisito y ardiente. Siempre me atraía lo ardiente; el fuego no me quemaba, así que era poco lo que podía provocarme ese efecto. Encontré entre las cosas tiradas una botella rota y un líquido espumoso. El olor me golpeó de inmediato, y fue como estar en el cielo. Bebí aquella novedosa delicia humana, y era como encenderse por dentro. Siendo tan pequeño el efecto me duro días.

Un par de días después volví a escuchar una carreta. Seguí el sonido hasta el borde de mi bosque. Habían entendido el mensaje: ahora los humanos temían pasar adentro. La gente de la carreta me miraba con temor y me señalaban, gritando un nombre nuevo: Quitnar. Me impresioné. Sin saberlo había asegurado mi legado y el de mis hermanos. Me pregunté si ellos estarían haciendo lo mismo en otros lados.

Me dedique a no dejar que nadie pase por mi bosque, además de marcar cada uno de los arboles. Los humanos mantenían su distancia; sus pueblitos estaban lejos. Irónicamente, de vez en cuando bajaba a uno de ellos a conocer a alguna gata. Descubrí que los quitnar no se reproducen; quién lo hubiera pensado. Como siempre, la bruja había sido sabia: una especie tan longeva hubiera sido un problema si podía multiplicarse. Por mí estaba bien; me hacía sentir especial que nunca fuera a haber nadie como yo.
A veces me preguntaba qué sería de la cueva donde nacimos. Ya habían pasado cuanto, ¿cien, doscientos años? Me preguntaba qué fue de nosotros antes de que la bruja nos encontrara. ¿Quién habrá sido mi madre? Me preguntaba si ella murió conmigo, o si habrá llevado una buena vida. Si hubiera estado orgullosa de las aves que cacé y del territorio que marqué. Una vez incluso me pregunté qué habrá sido del idiota de Carinus.
En fin; los gatos no nos quedamos mucho en el pasado. Nuestra vida siempre cambia, y la mía iba a volver a cambiar. Durante un otoño me encontré a un humano.
¿Y esto? pensé. ¿Tan pronto olvidaron nuestras advertencias? Quizá ese humano era tonto. Parecía un hombre flacucho; más bien un chico, apenas con una marañita de pelos por barba. Eso no iba a tomar mucho. Maullé al aire, buscando llamar su atención.
—¿Eh? —dijo, girándose, y sonrió—. Hola, gatito. ¿Qué decís?
—Corré —respondí, y la sonrisa se le borro de la cara. Salté a por su cuello, pero el chico logró interponer su brazo.
—Carajo.
Empezó a moverse. Salté sobre su espalda, pero me sacó de encima y encontró una rama de roble en el suelo. Se dio vuelta con la rama en alto y me enfurecí. Salté y me pegó en el estómago con la rama. Intenté de nuevo y me golpeo en la cara. Caí a dos metros, rodando por el suelo.
—¿Querés morir, humano tonto? —dije, sacudiéndome el polvo.
—¿Y que si sí? —respondió, desafiante. Eso no me lo esperaba.
—¿Podés entenderme?
—Claro, gato, ¿creés que soy idiota?
—¡Soy un quitnar, idiota!
Me transformé en perro y su cara de confianza se desvaneció. Me tiró su palo y empezó a correr. Lo alcancé en segundos, y salté buscando su cuello.
—¡Estás acabado! —alcance a decir. Pero desapareció frente a mí.
Miré confundido a todos lados, y vi que iba en otra dirección. ¡Se había agarrado de un árbol para girar!
Se movía animado, casi invitándome a continuar el juego. Bien; quizá en los arboles me costara, pero existían lugares abiertos. Empecé a guiarlo hacia donde brillaba el sol y pronto salimos a una pendiente. El humano aumentó la velocidad y empezó al borde de la bajada; pero el muy idiota miró atrás y tropezó con una roca. Se golpeó de hocico en el suelo y cayo. Rodo cuesta abajo, exclamando de dolor. Me detuve a observar. Empecé a reír cuando vi que no paraba. ¡Seguía ocurriendo! Rodó hasta llegar al suelo, estrellándose contra un árbol. Entonces cayó una fruta que lo golpeó en la cabeza. Bajé con cuidado mientras se recuperaba. De alguna forma pudo ponerse de pie; estaba impresionado.
—Tiempo fuera, gatito. Tengo que descansar —dijo, jadeante, acariciándose la mandíbula.
—¿Sabés? De todos los humanos, sos el que más problemas me dio —dije.
—No hay forma de pararte, ¿no? —dijo, resignado. Se sentó en el suelo y corrí hacia el—. Otra bala más que pierdo.
Reveló un artefacto de metal de su bolsillo, y ocurrió una explosión que me ensordeció. Algo me golpeo de frente y caí al suelo, incapaz de moverme. Un pitido en las orejas me impedía oír. Cuando abrí los ojos vi sangre debajo de mí.
Intenté levantarme y un terrible dolor me estremeció el cuerpo. Mi pecho me estaba matando, me ardía como nunca. Me sentí tonto por desear cosas que me hicieran sentir en llamas todos estos años.
Atiné a volverme gato antes de perder la consciencia. Ese cuerpo estaba bien, pero aún no recuperaba los sentidos. Apenas pude girarme.
El chico se levantó para limpiarse el polvo y empezó a alejarse con paso agotado. Mi audición volvía de poco.
—Vení acá, todavía no… —pude decir.
—No, olvídate —dijo—. Ya perdí una bala, y me van a hacer falta si hay más como vos en estas montañas. Nos vemos, gato malo.
El humano empezó a irse. Logre ponerme de pie, y alcancé a dar dos pasos antes de que el humano se detuviera. ¿Me había sentido? Empezó a mirar a todos lados, y pensé que quizás había oído algo. Pude captar un olor; aquella característica pestilencia. Parecía un oso, y me pareció estúpido no haberme percatado del olor apenas llegué a ese lugar. Ya veía cómo iba a terminar eso en mi estado. Trate de alejarme mientras podía, pero el dolor me hizo caer. Sentí desde el suelo los pasos de la bestia; el humano se alejaba mirando hacia atrás. Levanté la cabeza y ahí pude ver a aquella montaña de pelos. Parecía venir por mí.
En todos esos años creo que nunca había tomado en serio el poder morir. La idea parecía demasiado lejana para que la tomara en serio. Pero había sido un tonto. Éramos lo único que quedo de la bruja en esa tierra; no podíamos ir por ahí muriendo.
Espere a que el oso se acercara, cauteloso, mientras el humano le cedía territorio. El oso finalmente se puso a mi lado y acerco la nariz para olerme. Lo maldecí a él y a su madre y lo arañé.
Mejores ideas he tenido.

No sé cuándo recuperé la consciencia. Parecía que había descansado por un largo tiempo. Me retorcí del dolor. Apenas logre acomodarme un poco las patas cuando escuche un clic. Abrí bien los ojos y vi al humano apuntándome con su artefacto, sentado a unos metros de un fuego. Estaba anocheciendo.
—Ah, me asustaste —dijo—. Note que estaba con los pies dentro de un rio. Podía oír el agua claramente. Sentí un olor extraño, delicioso. Vi que tenía algo junto al fuego.
—¿Qué… es eso? —pregunté.
—Después de tu gran idea de atacar al oso, tuve que…
—¿Qué es eso? ¿Comida? —pregunte de nuevo.
—Oh. Pescado asado. Recién sacado.
El humano fue a agarrar un palo con pescado atravesado y me lo trajo. Aquel era el olor. Me estiré un poco y me quemé la lengua. Diablos. Por instinto intenté transformarme, pero desistí a medio camino apenas sentí el dolor.
—Ah… ¿Qué me hiciste, humano?
—Te salve la vida —dijo, dejando el pescado en el suelo.
—No, quiero decir con tu arma… Dejá.
El humano volvió a poner los pies dentro del agua.
—¿Por qué me trajiste? —dije.
—¿Eh?
—¿S-Sos sordo o qué?
—¿Pensas que entiendo tus balbuceos? Pareciera que estas delirante —dijo. Delirante. Pensé en la bruja. Como deseaba estar de vuelta en la cueva—. ¿Por qué te traje? Me dio pena verte tirado mientras un oso venía a comerte.
Ah, claro. Qué patético.
—Aparte, matar un animal si no es por comida o protección trae mal karma —agregó, dándole una mordida al pescado—. Mejor no arriesgarse.
¿Karma? No entendía.
—¿No me vas a matar?
—¿Qué, estas sordo? Como sea, ya tuve suficiente con pelear con un oso, así que hasta acá llega mi solidaridad. Me voy mañana, antes de que seas capaz de volver a darme problemas. Si es que no intentás nada gracioso esta noche —dijo. Y salió del rio—. Aunque viendo tu estado, dudo que puedas cruzar este riachuelo.
Desgraciado, pensé, mientras el humano se iba a secar los pies. Esa situacion era un chiste; los roles debían ser los opuestos. ¿Y lo peor? Mi parte canina consideraba que le debía un favor. Que le debía la vida. Qué espanto. Entendí que la bruja probablemente nos había hecho así a propósito, para ser leales a ella.
Me empujé con mis patas traseras hasta alcanzar el pescado que había dejado frente a mí, y probando que ya estaba frio empecé a comer.
—Eh… para allá está el sur —dijo el humano, mirando al cielo—. Hacia allá voy mañana.
—Decime, ¿por qué cruzabas mis montañas? —pregunté.
—¿Tus montañas? Mierda. Buen camino el que elegí. “Andá por las montañas”, me dijeron. “¡Es el camino más corto!” Zorro estúpido.
—Estúpido es el que le pide direcciones a un zorro. ¿No conocías a los quitnar? ¿Es que no habías oído de nuestras hazañas?
—Eh, no, vengo de bien lejos, así que nunca oí hablar de ningún gatito.
—Esto es increíble —bufé—. Tus compañeros están muy lejos. —Saqué otra mordida de mi pescado, mientras el chico empezaba a separar las brasas para apagar el fuego—. Ya que te debo la vida, dejame llevarte hasta fuera del bosque.
—¿Qué?
—Escuchá humano, soy un gato odioso, pero tambien soy un can de principios. Ya que me salvaste tenes que dejar que te devuelva el favor —El chico no se convenció.
—Sí, claro. Y una vez haya “salido” del bosque vas a saltarme encima. Me conozco todas las fabulas, gato malo, no vas a engañarme.
—¿Engañarte? ¿Qué te creés que soy?
—Ya que te transformaste en perro, no me sorprendería que tuvieras algo de comadreja.
El humano termino de deshacer su fuego. Saqué otra mordida del pescado.
—Nosotros los quitnar no mentimos. Hay más hermanos míos allá adentro, y no tienes buenos pronósticos si insistís en ir solo.
—Bueno, si pude con vos voy a poder con tus hermanos.
—No entendes —dije. El simplemente rió y cruzo el riachuelo de un salto.
—Entiendo perfectamente. Necesitas hacer tiempo, es así de simple -dijo, y se fue a poner cómodo bajo un árbol.
Infeliz. Los quitnar no éramos como los osos.
—Mirá, gato malo, no tengo ganas de cargar a nadie —dijo, de pronto, mientras se cubría con su abrigo—. El invierno se acerca y no pretendo pasarlo a la intemperie. Si podes ponerte de pie en la mañana podes seguirme, si tanto insistís.
—Bien —respondí sin titubear—. Así será.
El humano cerró los ojos y se quedó dormido casi de inmediato, y reino el silencio de la noche.

No solo por deber, si no por orgullo, y quizás un poco por obra del destino, fui capaz de ponerme de pie al despertar. El humano en ese momento ni se inmuto, pero ya le demostraría hasta donde sería capaz de seguirlo. Y ya vería yo hasta donde me iba a arrastrar ese chiquillo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

ROL Beta - Epilogo 1: Li


Deus, Deus, Deus.
Las estrellas tintineaban por entre las hojas de los árboles. Hacia frio. Habíamos regresado en primavera, aun saliendo del invierno. Yo dormía entre las raíces de un árbol lejos del camino, protegido del viento por mi buen abrigo. Me encontraba solo con Malo por primera vez en meses.
El viaje de regreso había sido bastante corto. Fueron diez días que se pasaron volando, mirando el mar, escuchando fantasías y épicas de dudosa veracidad. No fueron aburridos. A pesar de la falta de actividad, por primera vez no me sentía con ganas de salir a caminar y perderme por caminos. Podría decir que hasta lo disfruté... A pesar de los mareos y el dolor de huesos.
Llegamos entonces una mañana soleada a Havenstad, y cuando pusimos los pies en la tierra fue como si hubiéramos dejado salir el aire que traíamos del oeste. Estábamos en casa. A cualquier lugar que miráramos había gente humana, con ropas de todos los colores; nada de túnicas blancas por acá, no señor. Las casas, el muelle y las embarcaciones que aquel mago había destruido ahora estaban todas reparadas.
La despedida fue corta. Ítalo y Aldara se fueron juntos de regreso a Veringrad, dejándonos la espada y el anillo como única reserva monetaria. Miramos a aquellos dos tortolos alejarse hasta que desaparecieron entre la vegetación, y Cregh soltó un suspiro.
—Qué cosas —dijo—. Que eso haya sido todo. Casi me siento mal.
—Sí, supongo… —dije, y me acomode hombro derecho. Aquel dolor de la pelea en el muelle aún seguía—. Aunque voy a pasar por Veringrad eventualmente.
—¿No sabes por qué fue que Aldara escapaba de la ley? Nunca lo entendí.
—Eh, tuvo problemas con unos guardias.
Cregh miro el camino un tiempo más, hasta que su sonrisa desapareció. Dio media vuelta.
—Bueno... voy a buscar a Cresso. Por primera vez creo que voy a tener una historia para contar más grande que las suyas.
—¿Necesitas ayuda? —dije—. Para encontrarlo, quiero decir... Por lo que paso.
Cregh se quedó mirándome, entendiendo, y partimos de regreso a la ciudad. No apuramos el paso, pero note como la expresión de Cregh cambiaba de a poco. Se le notaba tenso.
—No quería hablarles de esto para no arruinar el viaje… —habló—. Pero no hay más bichos en las calles.
—Te entiendo —dije—. Temía esto del momento que llegamos a Gangshi.
Anduvimos acercándonos al centro, preguntando de bar en bar y posada en posada sobre el hermano de Cregh, o por cualquier lagarto. De inmediato se nos hizo clara la magnitud de la situacion. La distancia no había sido impedimento. El poder del Deus fue absoluto; se notaba en la expresión de la gente cuando preguntábamos. Los bichos tambien habían perdido el control en el Este.
Por lo menos las muertes no habían sido tantas. La gente de puerto era fuerte, y los bichos no venían para quedarse; o porque se iban hacia el oeste, o porque querían probar suerte en la capital, donde tendrían algo más de libertad.
Llegamos hasta el centro y nos separamos para seguir preguntando. No conseguí nada. Las respuestas que recibía eran una variación de “¿Que me importa un bicho? Ojala haya muerto.” Terminé resignándome, volviendo a la plaza, aquella donde había vendido la carreta hace más de un mes. Pasé por el templo de la ciudad, con esculturas de los etéreos puestas en lo alto en las esquinas. En una se podía ver sentado al tal Destino, inclinado hacia adelante con una mano en la barbilla, mirando a los que pasaban con una sonrisa burlona.
Encontré el lugar donde me había puesto a vender la carreta, y había una planta que acababa de brotar. Me pregunté si había salido de las manzanas que había tirado, y si iba a tener la suerte de un buen manzanal. Pasé por la guardia de la ciudad, donde el solo ver los carteles de recompensas hizo que me gruñera el estómago. Pensé de inmediato en comida. Era la rutina de siempre; sin ni una moneda, iba a tener que ingeniármelas pronto si quería algo de almuerzo. Seguí mirando carteles hasta que me detuve frente a uno.

Aldara Ríos
Crimen: escapar del calabozo - 1 rorintio

Oh, mi dulce Aldara, ¿qué hiciste?
Era una mugre lo que ofrecían, para ser sincero. Junto a ella había otro cartel mucho más caro.

Dodger Blue
Crimen: Asesinato – 5 rorintios

Era un hombre con prominente mostacho y expresión amenazante, con las cejas levantadas y los ojos bien abiertos. Tomé nota de su aspecto por si acaso. Luego volví a ver a Aldara. Pensé en si nos hubiéramos conocido de no ser por Wendagon. Que cosas las de la vida, pensé. Fui a sentarme a descansar, y jugué con el anillo. Ya parecía haber recargado, pero no sentía deseos de usarlo. Lo mío era caminar.

Cregh llego una media hora después, sin éxito. Se sentó a mi lado y soltó un suspiro, aunque parecía mantener la calma.
—De todas formas hubiera sido raro que se hubiera quedado tanto tiempo acá —dijo—. Esperaba que me invitase a comer, porque no tengo nada. ¿Te queda algo?
—Lo gasté todo en un arma y balas —dije, mirando a otro lado. Cregh simplemente se echó hacia atrás, refregándose la cara.
—Ya, que importa. A final de cuentas fue mejor así. De haber salido con menos... no sé dónde estaríamos. Cielos, todavía no entiendo como lo hicimos.
Cregh miro hacia el templo con la mirada perdida.
—Sí, y mirá como de pobres estamos ahora —dije—. Esto nunca lo contaban en las leyendas, -dije riendo.
—Por eso que nunca creí en ellas —dijo el mago—. Nunca creí en nada... Y ahora, en cuanto se me apareció una deidad real la apuñalé hasta matarla.
—Suele pasar.
—Sí, pero no me va a servir cuando busque trabajo. Mi reputación estuvo destruida desde que causé aquel incendio, y nadie se enteró de lo del Deus.
Cregh desenfundó la espada para verla; aquella por la que vencimos, aquella por la que murió Dalia. La hoja que siempre era brillante aún estaba manchada con sangre negra. La sangre de un dios.
—¿A qué te dedicabas antes del viaje? —pregunté.
—Mirá quien se pone a preguntar ahora —dijo, riendo—. Trabajaba de lo que fuese. Nunca duraba en nada.
—Oh.
—¿Y vos? ¿Solo eras un cazarrecompensas? Suena difícil vivir de eso.
—Lo es si no estás en un grupo. Ya viste como andaba el día que nos conocimos.
—Sí, no es que yo haya estado mejor. Tengo ropas decentes, pero eso sería todo. Supongo que no somos tan diferentes... Aparte de la estatura, la habilidad mágica, y casi todo lo demás, claro.
—Claro —reí.
Cregh siguió mirando la espada, tratando de limpiar la sangre. Malo tambien había salido a buscar algún olor, y todavía no había vuelto. Cregh finalmente se cansó.
—Debí habérsela dejado a Ítalo —dijo—. Algún día alguien la va a necesitar, y lo más probable es que otro del Valle se vea involucrado.
—No sé —dije—. Mirá como nos reunimos cinco desconocidos. Si una profecía lo dice, se van a topar con la espada de una u otra forma... A estas alturas, hasta empiezo a creer en esos Etéreos.
Cregh me miro extrañado y guardó la espada.
—¿De dónde sos, por cierto? —preguntó.
—Es un poco tarde para esas cosas, pero bueno, soy del norte —dije.
—¿De Venia?
—No… De más allá de las montañas.
—Oh. Guau. Qué camino. ¿A qué demonios viniste?
—Em… Quería caminar un poco —dije, no muy convincente. Cregh pareció notarlo, pero decidió no presionar más.
—Que se le va a hacer. En un principio pensé que eras del sur, por el acento.
—Pasé tiempo ahí, por el clima. ¿Y vos de dónde sos? —dije.
—Silis —respondió—. Me crie y estudie ahí. Una vez que me echaron de la universidad, nunca volví.
—¿Por qué te echaron? ¿Por lo del incendio?
—Sorprendentemente… no. Algunas cosas es mejor olvidarlas.
—¿No podes volver?
—Sería demasiado esfuerzo. Quizás cuando todos los involucrados hayan muerto...
—¿Q-Qué?
—Mierda, quizás sí debí haber aceptado la oferta de Ítalo. Como sea, lo hecho, hecho esta —dijo, reacomodándose.
Y yo que pensaba que solo Aldara la tenía difícil.
—Bueno, quizá sea un buen momento para volver si encuentro a Cresso. No puedo evitar pensar que podría ocurrir una nueva crisis por estos días, y que no tengamos tanta suerte… Dalia no la tuvo.
Dalia… ¿Qué hubiera dicho al volver? Se hubiera ido con Ítalo y Aldara, para volver rápido a Lignus... Su hogar. Ese pueblo estaba al sur de Veringrad, ¿no?
—¿Nos ira a llamar otro Oráculo? —dije, pensativo.
—Deus, ojala que no —dijo Cregh, blasfemando contra quien derroto—. Mirá, ahí viene tu gato.
Malo se acercaba a paso lento, con un enorme pescado en la boca. Levanté una ceja. Cregh suspiró.
—Él tampoco debe haber tenido suerte —dijo. Pero cuando Malo llega exhibiendo comida luego de una búsqueda es porque se recompensó por un buen trabajo.
—¿Que encontraste, amigo? —dije. Malo maulló una respuesta.
—¿Que? —dijo Cregh.
—Dice que encontró un rastro de hace unos días. Vamos.
Agarramos nuestras cosas y empezamos a correr tras él.
—Mierda, Li —bufó Cregh—. ¿En serio le hablás a los animales? Espero que no sea otra farsa tuya.
—¿Yo, farsa? —pregunté.
Malo nos llevó a dar vueltas por varias calles, algunos callejones, y hasta un puesto de pescados, siguiendo un camino muy rebuscado. Cuando Cregh ya estaba pensando que Malo nos estaba haciendo una broma, este se detuvo, olfateó, maulló en una dirección.
—¿Está por allá? —preguntó Cregh. Malo maulló.
—Tiene tu olor, dice. O más bien, vos tenes el olor de Cresso.
—Me lo imagino. Eso explicaría porque las mujeres no me hablan.
Malo tomo un momento para comer de su pez, y luego empezó a guiarnos más lento. Se tomaba su tiempo.
—¿Tenias familia, Li? —preguntó Cregh, de súbito—. Allá donde vivías.
—Eh, sí, como cualquier ser vivo —dije, algo incómodo—. ¿Por qué?
—Pensé que era raro que alguien viniera solo de tan lejos a cazar criminales.
—Bueno, solo es un trabajo. Cualquier cosa me serviría mientras pueda andar.
—¿Escapás de algo? —preguntó entonces—. ¿De alguien?
—¿Lo dices por lo de esconder mi nombre? ¿O por lo de andar? —Cregh simplemente asintió—. La verdad que no… Sencillamente, no me podía quedar. —Tuve un deja vu, extrañamente. Cregh metió sus manos a los bolsillos.
—Bueno, para alguien que busca quedarse acá, de verdad te esmerás en no acercarte a nadie.
—No es que no quiera, es solo que yo digo, ¿para qué hablar de mí…? No le veo la importancia.
—Lo normal es que la gente hable de sí misma… Que hable de lo bueno, claro.
—Oh, ¿cómo si fueras a hablar de lo del Deus? —dije. Cregh rió.
—Por supuesto que voy a hablar. Que nadie me crea es otro cuento.
—Ese serás vos. Por mi parte, no tengo mucho bueno que contar.
—¿Y qué sería el resto que no es tan bueno? —preguntó. Yo simplemente reí; parecía que de verdad quería sacarme eso.
—Si me decís por qué te echaron del colegio quizá te cuente —Cregh desvió la mirada.
—Buen punto.
Pronto se nos hizo claro a donde nos llevaba Malo: la salida norte de Havenstad.
—Se fue —dije, apenas nos detuvimos.
—Efectivamente se fue —dijo Cregh, rascándose la barbilla.
—Podemos acompañarte, si querés. No tengo prisa.
—No, no te preocupes. Este camino pasa por Silis, cerca de donde vive la familia. Me parece lógico que haya vuelto con ellos en esta situacion.
—Vas a matar dos pájaros de un tiro —dije.
—Así parece. Con magia no me va a costar mucho llegar... Y con el arte alternativo no me va a costar pedir comida prestada, si entendes a lo que me refiero.
—Claro. En ese caso… creo que aquí nos separamos. Voy a ir a Lignus ahora.
—¿El pueblo de Dalia? —dijo Cregh.
—Ese mismo. Le ofrecí llevarla de regreso en carreta. Ella siempre pensaba mucho en su familia… Alguien tiene que contarles. —Cregh miró hacia el camino con tristeza.
—Tenes razón. ¿Vas a usar el anillo para llegar?
—No, necesito estirar las piernas —dije—. ¿Seguro que no lo querés?
—No, no tengo el conocimiento para estudiarlo… Y yo ya puedo transportarme con magia.
—Bueno, podría venderlo, pero se me hace demasiado peligroso. Es mucho poder. Supongo que será un recuerdo. Estaba pensando en vender un revolver, en realidad. Pero voy a tener que tomar comida prestada por hoy —dije, sonriendo. Cregh miro al suelo por unos minutos, y luego me extendió la mano.
—Bueno. Nos vemos, vagabundo.
—Nos vemos, desempleado —dije, estrechándosela. Malo maulló y Cregh se agacho a acariciarle la cabeza. Por primera vez oí a Malo darle las gracias a alguien, aunque Cregh no le entendió.
Cregh se alejó unos pasos, nos miró por última vez, y desapareció con un fuerte resplandor. El silencio se hizo notar de inmediato. Las aves de la zona aún no habían vuelto.
—¿Vamos?
Con mi compañero de tantos años, nos pusimos a buscar comida una vez más.

Partimos hacia el Este aquella misma tarde, a terminar de deshacer todo el camino que habíamos andado. Me pregunté cómo sería la familia de Dalia. Sabía que su padre había muerto, y tenía a su madre. Pero me preguntaba si tenía hermanos, primos o amigos.
¿Había elegido bien Dalia? Decidió seguir a Destino, y por eso dejó todo atrás. En el camino perdió la enciclopedia de su madre y la espada de su padre. Cuando nada la ataba al pasado, perdió la vida. Alguien tenía que volver y rehacer su lazo a aquella ciudad. La habíamos dejado durmiendo en el oeste, mirando la ciudad negra de Verin, como aquel caballero sin nombre que encontró Dalia. Me pregunté si ese tenía familia aun viviendo, y si sabían de su legado. En las profecías parecía solo haber títulos.
Después de que cayera la noche nos detuvimos lejos del camino. Malo se tiró a dormir casi de inmediato. Yo di algunas vueltas tratando de buscar algo para comer entre los arboles. La fruta del Este era una maravilla, un gusto para la vida. Vivir ahí era mucho mejor, te non credis?

Me quede mirando al cielo, sin poder dormir. La conversación con Cregh sobre mi pasado parecía haberme afectado. Quizás tenía la guardia baja por haber terminado el viaje, por haber regresado vivo de donde no debería. Había vuelto de conocer que había en el mundo como Wendagon me prometió, solo para pensar que este era mi hogar. Ansioso, me levante una vez más.
Malo se despertó y me empezó a seguir de inmediato, preguntando cual era el problema. Le dije que simplemente no tenía sueño y quería adelantar camino para llegar pronto. Malo maulló exasperado. De todas formas, me siguió de vuelta al camino principal. ¿Qué me pasaba? Estaba ansioso. Pensar en la familia me ponía ansioso; se me aceleraba el corazón de solo recordar, ni hablar de pensar en la idea de… volver.
Pero ahí estaba, haciendo el camino que Dalia debió tomar. Iba a tomarme semanas, y aun así ahí me encontraba.
Supuse que todos volvíamos a casa eventualmente. Estuvimos un mes en el Oeste, a pasos de morir en cada día. ¿Y si me llegaba a pasar algo como a Dalia? ¿Habría alguien que deshiciera mi camino por mí?
Me detuve en mitad del camino, y solté un largo suspiro. Malo me alcanzo de inmediato, y se sentó a mirarme. “¿Estás bien?
—Sí, no fue nada —dije por decir, y me quede pensando un momento.
La ansiedad no parecía querer irse. Me sentí estúpido por seguir creyendo que algún día se iba a ir la vergüenza solo con andar más. Malo maulló.
—No, no. Es solo que... Qué bueno… —dije, tratando de ordenar mis ideas.
Malo se giró para irse a dormir a un árbol. Gato maldito. De todas formas, tenía razón. ¿Para qué tratar de explicarle, si a un gato no le interesan los problemas de los humanos? O es que quizás los problemas de humano simplemente nunca tienen sentido.
Me rasqué un poco la cabeza y decidí hacer como Malo y dormir cuando uno debe dormir. Me dispuse a buscar un buen lugar, cuando vi una figura acercándose.
Andaba por la mitad del camino, a paso lento y seguro. Era un hombre con un largo abrigo y un sombrero, apenas distinguible por la poca luz de la luna. Una vez se acercó, logre distinguir un mostacho y una mirada amenazante. Me miró e inclinó el sombrero.
—Buenas noches.
Apenas se alejó unos centímetros yo cargué mi revolver. Aun me quedaba una bala.
—¿Dodger Blue? —dije, haciendo sonar el martillo y apuntándole. El sujeto se detuvo de inmediato—. Arriba las manos. Estas bajo arresto.
Dodger Blue levanto las manos y se dio vuelta lentamente. Malo apareció entre los árboles, impresionado por ese trabajo tan fácil. Dodger Blue me miro con su mirada característica.

◘◘◘◘◘

Al día siguiente, entre Havenstad y Craster un mercader encontró el cuerpo de un vagabundo a un lado del camino. Los guardias que fueron a retirar el cuerpo solo encontraron entre sus pertenencias un anillo de cobre, frio al tacto, y una vieja carta en la que la única palabra aun legible era la firma “Wendagon”. El cuerpo fue tirado a un canal y todo volvió a la normalidad.