martes, 30 de enero de 2018

ROL BETA FINAL 3ra parte

El hechicero no dudó ni un segundo. Era el único del grupo que no había sido intimidado con la presencia del Deus. Con la espada en mano intentó atacar la pierna derecha del Deus, que todavía estaba parado en el lago. Malo se pasó a su modo canino en un segundo y se abalanzó sobre Cregh cuando todo el resto miraban perplejo la plenitud del ser que había salido desde el agua.
El quitnar alcanzó el hombro de Cregh con sus dientes y lo tumbó antes de que pudiera lastimar al Deus.
Ítalo fue el segundo que reaccionó. Se transportó con el anillo, y tomando a Malo por el vientre, lo sacó de encima de Cregh y lo pateó para alejarlo.
En la mirada del quitnar había ahora un carmesí profundo, que borraba todo rastro del pasado. Ítalo vio esa mirada asesina, pero quiso intervenir de igual manera.

—¡MALO!¿Qué estás haciendo?

El animal se recuperó de la patada y al instante volvió a atacar. El cazador tomó al mago y los sacó de ahí con el anillo.

—¿Estas bien?—dijo Ítalo mirando la sangre que empezaba a teñir las prendas del hechicero.
—¿Qué carajo, Malo? —gritó Cregh enojado.
—No sé que le pasó, sus ojos cambiaron.
—¿Es por el Deus, no? —dijo el mago, recapacitando.

Ante la imposibilidad del mago de cargar con el peso de la espada, la dejó deslizarse de entre sus dedos como arena sabiendo que Ítalo la tomaría. Cregh miraba concentrado al enemigo mientras se tomaba su hombro sangrante.
El Deus mantuvo su postura firme, que se mezclaba con una suerte de somnolencia. Su cabeza apuntaba en dirección a las montañas que rodeaban Verin.
Li y Aldara seguían estupefactos.
Malo siguió su búsqueda frenética y sin perder tiempo corrió a toda velocidad hasta donde estaban Ítalo y Cregh.
El cazador tomó su daga y la dispuso frente a su pecho para defenderse del ataque. Escuchó ese millar de voces hablando, superponiéndose entre sí y luego como una voz dentro de su cabeza organizó todas ellas, traduciéndolas en palabras del Este. "Nacer...Barro...porqué...Cazador". Balbuceaba palabras sin conexión alguna. Pero sintió como su cuerpo empezaba a responder a ordenes que no eran las suyas. Sus pies se cruzaron y lo hicieron resbalarse justo antes que llegué el ataque del Quitnar. El anillo volvió a ser el as bajo la manga, de otra manera, Malo le hubiera destrozado el cuello.

—¿Qué carajo pasa? —gritó mirando como sus manos temblaban y se movían de un lado al otro.

La calavera se movió sacando a relucir su lado agresivo. Levantó la mano y, desde el suelo, raíces tomaron los tobillos de Ítalo. Malo todavía lleno de furia, giró sobre sus pasos y se dirigió buscando el cuello del cazador. Ítalo esta vez se perdió en las cuencas oculares vacías del Deus, y no tuvo reacción útil contra el ataque del Quitnar. En el mismo instante que notó el peligro inminente, el estruendo del calibre de pesado sonó.

—¡MALO!—gritó Aldara, recién salida del trance que había provocado el enemigo.

El cazador usó el anillo para zafar de las ramificaciones que habían tomado sus pies y se transportó hasta donde Li. En su rostro se afirmaba aquella mirada que había nacido en Aqlatan cuando mató a los civiles. Esa misma mirada que tuvo Aldara, minutos después de la Li, e Ítalo cuando tomó la piedra justo antes de destruir el cráneo de su hermano. Ese rictus de decisión absoluta, un ceño fruncido y unos ojos muertos. No había lazo o relación que se privara de ser sacrificado por el continente; Alles debía sobrevivir.
Aquel que todavía debía cumplir con su parte, el hechicero, ya se había puesto en posición. Movió sus manos mientras decía las palabras adecuadas. Una luz verde emergió y sus heridas empezaron a sanar. Aldara vio esto y notó que el proceso era muchísimo más lento que el de Hanzel. Flotando en el aire, con sus manos envueltas en luces , miraba sin miedo al ser definitivo. Se abalanzó a toda velocidad lanzando una llamarada tan concentrada que parecía un haz de luz. El Deus recibió el impacto de lleno en el pecho, pero ni siquiera se inmutó. Lanzó un manotazo que el mago esquivó por milímetros y aterrizó forzosamente en el lago. Cregh se incorporó en un instante y dando los pasos y las palabras que le enseño Ítalo, su mano se volvió de ese amarillo pálido. El enemigo se volteó y atacó con una velocidad impropia a su enorme tamaño. El hechicero recibió el golpe,confiado, con la palma extendida. El enorme brazo del Deus, de más de un metro, se detuvo en seco ante la aparente frágil extremidad de Cregh. Aprovechando el desconcierto, se deslizó debajo y con un salto rápido golpeó frontalmente el vientre de la bestia, la cuál sintió el impacto contrayendose en sus hombros y agachando la cabeza, pero no hubo ningún gemido o queja. El mago intentó volver a atacar, esta vez apuntando a una pierna. Cubriéndose el cráneo con sus enormes brazos, de su tórax salieron disparadas una especie de tentáculos de algo parecido a una madera. Como un estado intermedio entre la leña y material musculoso, carne. El ataque atravesó completamente el muslo del mago y al sentir el contacto lo enredó la pierna y empezó a traerlo hacia él. Con los dos calibres en la mano, Li efectuó seis disparos consecutivos. Al instante notó la falta de efectividad de sus ataques, por lo que el séptimo disparo dio en el el tentáculo de esa madera falsa que había atrapado al mago y la cortó. Aldara puso sus manos a la altura del pecho y se concentró para dejar atrás el asco que le producía manipular aquel caldo de almas. Lanzó las palmas hacia el cielo e hizo que una pared enorme de agua se levantara justo debajo del titán. A pesar de la inmensa cantidad de agua y la brusquedad del choque, el Deus seguía siendo un sólido cuerpo de tres metros y más de doscientos cincuenta kilos, por lo que el ataque solo logró despegarlo unos tantos centímetros del suelo que de todos modos logró hacerlo caer al suelo. Levantó sus palmas formando estacas de hielo de casi un metro y luego bajó sus brazos con violencia, haciendo que se hundiesen en el pecho de la bestia. Y, de nuevo, no hubo ningún tipo de expresión de dolor. Se incorporó despacio, como si nada hubiera pasado. Li levantó su revólver, pero entendió que era más que inútil.

Por un momento los cinco quedaron en silencio. Ítalo apretó la espada porque ya sabía que era la única manera de herirlo realmente. Sin embargo, era el mago el que no dejaba de insistir. Estrenando uno de sus nuevos hechizos, de sus manos empezó a salir una luz púrpura muy brillante. Las partículas se unieron y formaron una círculo perfecto. Lanzó la pelota con una velocidad infernal y golpeó de lleno en el pecho de la bestia, que pareció no advertir el ataque. La luz creó una explosión devastadora que encegueció a todos.  Tiró al titan todavía más adentro del lago. De la misma detonación las partículas púrpuras volvieron a formar aquella pelota de energía en apenas unos segundos. Cregh no paró de mover sus manos, haciendo que su hechizo lo atacara una y otra vez sin descanso. Destellos blancos cubrían la escena cada vez que explotaba. Mucho ruido y pocas nueces; el Deus se volvía levantar, y si bien la túnica se había reducido a un trapo negro, la carne y la estructura de su pecho se reconstruían con una velocidad asombrosa. Del mismo suelo, raíces recorrían hasta donde estaba la herida y de alguna manera, se combinaban para volver a formarse.

Luego del ataque de Cregh, las voces se volvieron más densas. Con un tono mucho más preocupado empezaban a gritar palabras sin sentido. Li sintió como su pulso se desviaba de a momentos, con movimientos totalmente involuntarios. Aldara sacudió la cabeza, cerró los ojos y empezó a levantar más agua. El cazador distinguió palabras en Alta Lengua y obviamente en el lenguaje del occidente.
El único que no demostraba mayor reacción a la influencia del Deus era el mago, más allá de una sacudida de su cuello esporádica, que volvió a estrenar otro hechizo del arte alternativo. Este último requirió un poco más de ademanes y palabras que se llevaba el viento de tormenta. Creó diez bolas de luz del tamaño de una naranja, que empezaron a girar a unos cuatro metros del enemigo. El Deus empezó a caminar con un paso más dinámico hacia Verin. Las luces empezaban a girar más rápido y acercarse más a él, pero se mostró indiferente.

—Es ciego—susurró Li, mientras todavía se concentraba para que las voces no interfirieran en sus pensamientos. Volteó y miró con los ojos abiertos de par en par, a Ítalo—¡ES CIEGO!—gritó.

El Deus movió la cabeza de hueso de manera casi imperceptible.

—De ninguna manera—dijo Ítalo y vio como la calavera del ser se movía y se perfilaba en su dirección.
—Tal vez su visión está limitada, o algo. El hechizo de Cregh lo está rodeando y no hace nada. Las luces no producen sonido, no las está percibiendo. Tampoco hizo algo cuando levanté el revólver.

El paso del Deus, a que pesar de ser mucho más seguros, seguían siendo muy lentos. Los cuatro los esperaban a unos cincuenta metros, separados entre ellos por unos cinco metros y formando una especie de semicírculo. Cregh se empezaba a impacientar por la tardanza del efecto y empezó a repetir los pasos del hechizo. Para ese momento, las luces giraban a una velocidad infernal sin tocar la piel de Deus. Cuando el mago cerró sus puños al repetir el hechizo, las diez piezas se afianzaron con violencia sobre el cuerpo de la bestia y un hilo de energía naranja ataba con seguridad sus brazos. El rey de los bichos inflaba su pecho y extendía los brazos, pero sin ningún tipo de efecto. Los hilos naranjas parecían de garantía máxima.

—¡ÍTALO, AHORA!—gritó el mago con el alma.

El resto solo miró. El cazador se transportó justo detrás de donde estaba el Deus, quién había hincado una rodilla en el suelo y buscando la fuerza para detener el hechizo. Se le cruzó recuerdo del rostro de Dalia cuando blandió la espada, cortando de lado a lado la espalda del titán. Ítalo esperaba un ruido seco, como un hacha cortando madera, o la delicadeza de una espada afilada cortando carne, pero se escuchó y se sintió como si estuviera chocando contra metal. De la herida salieron chispas negras y pequeñas ascuas del mismo color comenzaron a chamuscar la piel, dándole un aspecto de carbón . La bestia gritó de dolor por primera vez, seguido por todas y cada una de las voces que acompañó su dolor en una cacofonía espantosa. A pesar de la fuerza del arquero y el peso del arma, el daño fue irrisorio. Un corte débil y poco profundo. Arremetió de nuevo tres veces más, primero levantando la espada al cielo y cortando longitudinalmente y luego con dos ataques rápidos. Esta vez, los cortes parecían permanentes. Terminó con su ofensiva, transportándose con el anillo a su posición anterior, temiendo que sacara desde su cuerpo esos tentáculos de madera y le atravesara el cuello. Segundos después, el Deus lanzó sus prolongaciones desde el pecho, tal como Ítalo predijo. Las mismas, luego de salir disparadas a velocidades increíbles, volvieron al Deus y tomaron los hilos del mago y empezaron a tironearlos.

Cregh, Li y Aldara se acercaron corriendo hasta Ítalo, quien miraba la espada negra.

—Funciona, tal como dijo Li. Pero su piel es demasiado resistente y mide lo mismo que la puerta de un templo. Es como matarlo a base de picaduras de mosquitos. Cuando lo corté con la espada, un fuego negro cubrió el borde de la herida. No pareció si quiera amagar a sanarse solo.
—Perfecto, solo queda ser precavidos —dijo Li con una solidez pura. Todos parecían haber olvidado a Malo a esa altura.
—Li, no puede ser ciego, casi me mata de un manotazo mientras volaba—acotó el mago, mirando al pistolero.
—Quizás puede sentirnos, escucharnos. Pero no puede ser tan estúpido de ignorar simplemente tus ataques, los cuales casualmente son mudos.
—Puede sentir nuestros latidos—dijo Aldara.
—¿O percibe nuestras almas? Esas voces no son coincidencia. —sumó Ítalo.
—Cualquiera parece una teoría posible. Lo importante es mantenernos a distancia. El único peligro parece ser su fuerza bruta y el ataque que tomó la pierna de Cregh. Golpe a golpe, hasta deshacer el filo de la espada, vamos a cortarle el corazón a este hijo de puta.

Todos asintieron y se miraron antes de separarse. Cregh y Aldara se fueron juntos hacia la izquierda, coordinando el próximo ataque, mientras que Li e Ítalo apenas se movieron de su posición.

—Cuidado Ítalo, solo vos y Cregh pueden manejar el anillo lo suficientemente bien—dijo Li.
—¿Qué? No es complicado —dijo el cazador, extrañado—. Le pegaste un tiro a Karus usando el anillo.
—No es lo mismo. No puedo reaccionar activando el anillo. Si hubiera sido yo el que tenía que escapar de los tentáculos con la transportación, da por hecho que estaría muerto.
—¿Por qué no le das el anillo a Cregh entonces?—inquirió Ítalo.
—Se le ofrecí, pero dice que con sus destellos blancos está bien.

Ambos miraron al Deus mientras el retorcía y forzaba los hebras que lo ataban. Reinó el chapoteo del diluvio y la ausencia de los latidos por unos largos segundos. Sabían que era demasiado peligroso acercarse con esas extremidades viscosas extendidas.

Por el otro lado, Cregh y Aldara se entendieron con monosílabas y gestos. El plan no era demasiado elaborado ni complicado de entender, simplemente liberar el camino para que Ítalo lo cortara con la espada. Tan rápido como se separaron, la nereida pegó un alarido desgarrador. Una pelota de fuego había golpeado en su hombro, tomándola totalmente desprevenida. Aldara cayó en el suelo, con su codo salido para afuera, en un ángulo que era doloroso solamente de ver. Li desenfundó el cañón al mismo tiempo que levantaba la vista. Visualizó al enemigo, un cuervo hechicero a unos veinte metros, quién disponía a volver atacar de inmediato. Antes de efectuar el disparo, vio los mismos ojos rojos que se había llevado a su más viejo amigo. El calibre pesado hizo estallar la cabeza del bicho.
Aldara apenas tenía fuerzas para gritar. Había caído boca abajo y por un momento pensó que se iba a ahogar en un charco del piso. Ítalo la tomó por la cintura y la paró en un solo movimiento. Ver el rostro afligido del cazador la confortó y alivió el dolor, de alguna manera.

—¿Estás bien?—le preguntó Ítalo acercándose mucho a la cara de la nereida , obviando el brazo.
—Si...—dijo Aldara con los ojos cerrados y apoyando su frente con la del arquero—¿Estoy bien?

Ítalo la corrió tomándola por los hombros y la miró de pies a cabeza. Ella le devolvió la mirada.
A pesar de estar completamente desgastada, empapada y agotada, Ítalo vio que sus ojos seguían relampagueando.

—Nunca estuviste mejor—le dijo sonriendo.

No hubo siquiera tiempo para dejar que el caño del revólver se enfriara: desde Verin, Li pudo ver destellos blancos que traían magos del Occidente y también, en la lejanía, más bestias que corrían enceguecidos hacia su posición. No podía verlos con claridad por la distancia, pero no lo necesitaba; ya sabía de qué color eran los ojos de cada uno de los que venían.

—¡ESTOS SON MÍOS!¡USTEDES MATEN AL GRANDOTE!—gritó Li, mientras recargaba sus armas a una velocidad que ninguno de los tres había creído posible. El pistolero les dio la espalda y se puso los revólveres a la altura de la cadera.

Ítalo no sintió nada cuando las pistolas empezaron a disparar. Le resultaba tan extrañado haber terminado con la purga. Adelante solo había una bestia de tres metros y la promesa de no volver a sufrir. Apretó las manos hasta que sus propias uñas empezaban a lastimar la palma de la mano. Miró a Cregh, quién meditaba sobre el próximo hechizo. En el momento en el que el mago empezó a mover las manos, fue cuando el Deus se liberó de sus ataduras y volvió a caminar. Las voces retomaron su tono impaciente y denso. Ahora no solo había matarlo rápido, sino que impedir que avance y acorte la distancia entre él y su séquito. Cregh volvió a invocar a la pelota púrpura y atacó al Deus. Una y otra vez, explotando y volviendo a generarse de las mismas partículas, mientras apuntaba a las piernas y a detener el paso. El mago le gritó a Ítalo para que atacara. El cazador uso el anillo y esta vez buscó el pecho y las heridas causadas por el hechizo que estaban intentando curarse. Atacó en aquellas heridas y el grito esta vez fue mucho más intenso. Cortó tanto como pudo, deseando en cada corte que fuera el final. Pero otra vez, al retroceder para esquivar las tentáculos de madera, el ataque era simplemente muy poco efectivo. Miró al mago que parecía abstraído de la situación. Luego volteó a ver a Li, que con sus revólveres había ya dejado una estela de sangre y muerte. Pero en el horizonte se podía observar las siluetas de los bichos tanto en el piso, otros flotando y los más capaces transportándose con aquel destello blanco. Aldara miraba a Li y extendía su mano, preparando algo.

 —¡DE NUEVO!—gritó Ítalo.

El mago volvió a invocar el hechizo púrpura y volvió a embestir al Deus explosión tras explosión. Pero el titán no cedía. Parecía hasta empezar a acostumbrarse al daño y mostrarse cada vez más indiferente. De todas maneras, el hechizo cumplió con su cometido otra vez e Ítalo pudo volver a transportarse de manera segura.

—¡LA CABEZA!¡APUNTA A LA CABEZA! —gritó Li, quién parecía tener otro par de ojos en la espalda vigilando la escena, como si no tuviera suficiente con la estampida de bichos que tenía sobre él.

Ítalo reaccionó de inmediato. La cabeza de ese blanco tan pulcro y brillante, dando la impresión que aquellos huesos eran de mármol. No sabía como no lo había intentado antes. Se trepó de un salto a la espalda y luego de otro salto a los hombros de la bestia. Empezó a cortar de lado a lado, con toda la energía que le quedaba adentro. La bestia gritaba con alaridos salvajes, demostrando la efectividad mucho mayor del ataque. Ese color perfecto del que estaba hecho la calavera, se corrompía de un gris ceniza, y de todos lados, parecía empezar a agrietarse. Con cada corte, se imaginaba que cortaba un pedazo del domo de Varoa, desnudandola a la intemperie. Paz, luz, tranquilidad. Repetía cada vez que movía la espalda de lado a lado. En el momento en que notó que faltaban instantes para que alguna extremidad del Deus lo cazara, ejecutó un último espadazo, de punta en la nuca del Deus y susurró muerte. Usó el anillo para alejarse y ver como el Deus caía abatido. Volteó con los ojos iluminados, esperado el ruido seco del cuerpo cayendo contra el piso. En cambio solo los revólveres de Li seguían disparando sin cesar, haciendole eco a la lluvia. La bestia gritó de rabia, y las miles de voces llegaron a un climax de degeneración. Como si cada voz gritara desgarrandose la garganta. Y no solo eso, sino que parecían discutir entre ellas en todos los idiomas a la vez. Ítalo trastabilló y soltó la espada. Aldara cayó de rodillas al suelo, y Cregh se llevó las manos a la cabeza y empezó a sacudirlas. El pistolero ni siquiera se inmutó y siguió matando.

El Deus sacó de si muchísimos tentáculos a la vez y los dejó parados apuntando en todas direcciones, listos para atacar. Como consecuencia su paso se aminoro, y se volvió muy lento. Cada vez que apoyaba sus pies en el suelo, lo hacía con tanta fuerza que parecía que iba a rasgar el planeta en dos. Estiró su cuello  y miró hacia arriba, reluciendo tanto su cornamenta como la ornamente que le rodeaba el cuello. Era imponente. Ítalo permaneció el suelo absorto de la bestia que tenía enfrente. Había olvidado todo mirándolo, en su pecho solo había lugar para el terror. Cregh se acercó hasta Ítalo y levantó la espada del piso y la extendió.

—Vamos, levántate—le dijo con seriedad total. Ítalo miró al Deus, y después miró a Cregh. No sabía como decirle que tenía miedo. Algo en los ojos del mago era distinto. Por mera inercia se paró y tomó la espada. El cazador no se atrevió a saber cuánto faltaba para que Li no soportara más mantener a raya a los bichos.

Cregh asintió y preparó otro hechizo distinto. Con los ademanes y las palabras, una especie de algodón dorado se formó en sus manos. El pompón de apenas el tamaño mayor que el de una fruta empezó a flotar y con la guía del mago, se ubicó sobre la cabeza del Deus. A pesar de su apariencia inocente, empezó a escupir haces de luz devastadores. El Deus gritó como si lo tuvieran cortando con la espada negra. Pero el hechizo parecía de naturaleza bastante imprecisa, una vez que el Deus siguió con su paso, el hechizo comenzó a errar tus disparos. A Cregh le costaba horrores manejar la pequeña nube amarilla, se contraía y movía las manos, el torso y hasta el cuello tratando de poder expresarle su voluntad al hechizo. La lentitud del Deus facilitó el asunto, y el mago pudo arreglarlo en tiempo y forma. Los haces dieron en el blanco esta vez, cortando muchísimos de los tentáculos que impedían la ofensiva del cazador. Tan rápido como Cregh frenó su ataque, Ítalo volvió a atacar. Para sorpresa de nadie, los tentáculos volvieron a crecer. Pero esta vez a una velocidad anormal. Ítalo apenas alcanzó a blandir la espada que un tentáculo había salido disparado en su dirección, pasando a centímetros de su cuello. Forzó sus piernas tanto como el físico le permitía y de un solo salto, alcanzó la altura suficiente para descargar un ataque de lleno en la boca de la bestia. Agotado de la pelea contra su hermano, no sabía cuanto más podía seguir. Descargó lo que cada fibra muscular le permitió y con un enorme grito de guerra cortó parte de la trompa del Deus, destruyendo la parte superior de la boca, deshaciendo la encía y cortando varios de sus colmillos. Esta vez Ítalo disfrutó del clamor del Deus. Escuchar ese millar de voces, esa vez, fue una orquesta perfectamente calibrada. No podía faltar demasiado. Sin embargo, un tentáculo salió a interceptarlo directamente, no dándole tiempo ni a aterrizar del salto. Atravesó su gemelo derecho, lo enredó y puso a Ítalo de cabeza tendido en el aire. El cazador había perdido el hilo de la pelea mientras miraba como la espada se había untado de esa baba negra que caía de la boca del Deus. Apenas sintió una molestia en la pierna. Un par de segundos después de estar con el mundo patas para arriba atinó a lanzar un espadazo al tentáculo que lo sostenía. Una vez libre se transportó de inmediato hasta donde estaba el mago. Terminó de entender la situación cuando se le hizo imposible ponerse de pie. Y entró en pánico cuando vio la sangre. Revoleó la espada a un costado.

—No, no, no. No, no. No puede ser, voy a morir—dijo sintiéndose con un hilo de vida.
—¿Ítalo?—preguntó Cregh, desconociendo la mirada de desesperación del cazador. Ítalo quiso manotear el amuleto de Cregh y exigirle que enseñara a curarse. Entendió enseguida que era ridículo aprender un hechizo en esa situación.

No respondió. Se mecía de un lado a otro mientras apretaba el hueco de la herida y se le empapaban de sangre las manos. Tenía el corazón comprimido, latiendo a una velocidad descomunal que le impedía abrir la boca. Sabía que el poder de la piedra consumía su propia sangre y desconocía cuanto había gastado en pelear contra su hermano.

—Tenemos que irnos Cregh, no tenemos chance si seguimos acá—gritó Ítalo, pero el mago no dijo nada y solo tomó la espada. El mago se acercó a él y trató de sanar con el mismo hechizo de Hanzel de arte alternativo, pero fue infructífero.

Ítalo gritó y insistió en que tenían que irse, hasta que la garganta parecía haberse desgarrado en cuatro pedazos. Cregh lo ignoraba y miraba al Deus. El cazador insistía en que debían volver, curarse e intentar de nuevo. Gritó hasta el hartazgo que tenían la espada y mientras tenían la espada había chance, pero si todos morían, el Este moría. Ítalo cerró los ojos y llenó sus pulmones de aire. Escuchó los revólveres retumbar. Al girar la cabeza vió que Li se había convertido en una máquina perfecta de matar y todavía mantenía a raya la estampida. Pero ni en el mejor de los casos le daba el tiempo para matar al Deus.
Cregh volteó, e Ítalo entendió. Vio la misma mirada que vió en Li. Las misma tormenta que tenía Aldara.

—No voy a morir colgado en una plaza—Cregh le dijo al cazador y lo dejó sin habla.

Ítalo apretó la herida y la misma sangre espesa que le permitía usar la energía de la piedra hacía que el desangrado fuera muchísimo más lento. Algo le dio la seguridad que faltaba bastante para morir desangrado. Con muchísimo esfuerzo, se paró; apenas podía apoyar el pie derecho. Tomó la daga dorada, de su primo Marco, y se transportó a un costado de Li, quién lo miró con un movimiento rápido de ojos. Con un poco de suerte podría cortar el cuello de algún bicho. El rol más realista que podía cumplir era simplemente ser un cebo y distraer al ejército utilizando el anillo.

—Te dije que te cuidaras—le dijo Li, preocupado.
—No hay nada más que pudiera hacer, por lo que vengo a hacerte compañía —le dijo Ítalo. El pistolero siguió con la matanza indiscriminada a todo lo que se movía. Por la cantidad de cadáveres que yacían enfrente, y la idea que tenía Ítalo de las balas que le quedaban a Li, parecía que no había errado siquiera un solo tiro. Un cuerpo detrás de otro, amontonados, sin mover un solo músculo. El pistolero enfundó las armas en un solo movimiento.
—Ese fue mi última bala—le contestó Li y lo miró con los ojos como platos. Ítalo vio como el agua de sus pies, se levantaba y empezaba a formar una pared.
—Parece que tenemos un último as bajo la manga—dijo el arquero sonriendo.

Li volteó para ver a Cregh abalanzarse sobre el Deus.

—Solo queda confiar y rezar que cada segundo que gane Aldara sea suficiente —dijo Ítalo, que prefirió no mirar al Deus. En cambio, observó como la pared les cubría también la cabeza, y del cielo empezaba a dejar de llover agua, sino estacas de hielo.

Cegados por el despertar de su líder, en pleno carmesí, corrían en la inequívoca dirección del Oeste, solo para encontrar su muerte siendo atravesados por el arte de Aldara, que sentada en el piso y con su mano buena, orquestaba su última función en el Oeste. La mano le temblaba y los ojos casi se le ponían blancos. Pero tenía una mueca que simulaba una sonrisa. Ella había visto lo mismo que vio Ítalo.

Li había escuchado que Destino tenía una manera de obrar muy particular. Él eligió ser tan ignorante como cualquier mortal. Inventaba en su cabeza las historias para cada uno de nosotros, pero él jamás decidía por nosotros. Creaba un entramado, tendencias, un contexto. Él no tenía idea de qué podía pasar mañana mismo, a pesar de ser el arquitecto y sentar las bases de todo lo que conocemos. Su goce era despertar cada mañana y sorprenderse con cuál camino se decantarían los sucesos. No conocía moral o justicia. De todos los Dioses, prefirió ser el escritor y lector a la vez, de una historia que no tenía fin.
Cuando Li vió a Cregh con la espada en la mano, recordó esto. Sintió una presencia, que atribuyó a que era Destino, mirando desde algún lugar no siendo más que un mero espectador del fruto de los dados que él mismo había tirado. Y el pistolero, no podía hacer otra cosa que lo mismo que Destino: observar. Se sintió desamparado, sabiendo que cualquier error del mago significaba la derrota. Nada ni nadie los salvaría. Todos miraban: una joven que asesinó a su prometido, un cazarecompensas, un renegado, Destino y los Dioses. Dos peleaban: el hechicero, famoso por incendiar pueblos, y el ser que despertaba todo lo que provenía del continente occidental.

El mago se quedó quieto, respiró hondo y trató de no pensar en nada más que matar. Quiso olvidar cada vida que pendía de sus hombros. Quiso evitar recordar cada error en su vida antes de atacar. Intentó sacar de su cabeza la muerte de Dalia y cuando no pudo rematar al cuervo en el bosque. El Deus no lo intimidaba para nada. Era un metro más alto y más ancho que su hermano Cresso, pero por alguna razón lo veía tan endeble como cualquier otro mortal. Sabía muy bien que podía morir, y que su carne y sus gritos eran tan reales como el diluvio que asestaba Verin. Más allá de que sus poderes en materia de influencia eran ridículos, Cregh no veía más que un caparazón duro. Y en su mano llevaba el material que cortaba ese caparazón.

—El cráneo—se dijo a si mismo.

Su último pensamiento fue el deseo de que las voces no interfieran en sus movimientos. Despegó sus pies del suelo y volando a toda velocidad atacó al Deus. Cortó dando espadazos a los tentáculos que se le venían encima y se hizo camino hasta el pecho de la bestia, que fue lo primero que se topó. Recorrió de hombro a hombro con el filo del arma con dos ataques pesados. Las ascuas negras ya casi cubrían casi todo su pecho. Cregh pecó de impaciente, y en el intento de querer atacar la cabeza del Deus, recibió de lleno dos tentáculos que le atravesaron el abdomen. Se le hizo imposible continuar con el ataque. Una sensación gélida le recorrió el estómago. Sintió que se le habían congelado los jugos gástricos y que su sangre era de escarcha. El dolor era como un pequeño ruido, imperceptible al principio, que entraba en una espiral incontrolable. Apretó las muelas y por instinto despedazo los tentáculos que mostraba resistencia casi nula al contacto de la espada. Se transportó chasqueando los dedos y luego comenzó a mover las manos hasta que se llenaron de luz verde. Las pasó por su vientre, sin confiar en que funcionaría. Estaba seguro que una herida en la pierna era muchísimo más de fácil de tratar, pero pudo sentir como la piel se volvía a unir. Respiró profundo varias veces tratando de olvidar el frío que lo recorría hasta la planta de los pies—que notó en ese momento cuan empapados estaba—. Llevo incrédulo un dedo hasta la herida e hizo presión. El frío de su vientre se fue espantado por un repentino calor en su pecho que le hizo sonreír de oreja a oreja. El hechizo de curación era increíble.

En ese momento perdió el miedo por completo. Se abalanzó sobre el Deus, sabiendo que desde ese todo había quedado atrás. Un hoja en blanco, un trozo de mármol virgen, el frío de las lluvia de otoño y el sueño un techo propio.

Los tentáculos volvieron a crecer y se incrustaron en el abdomen bajo y sus piernas tan rápido como Cregh volvió a atacar, pero se los sacaba de encima con la misma dificultad que podía tener sacarse una sábana. El mago no escuchó más nada. Ni las voces, ni la lluvia. Él era uno con la espada. Voló hasta la cabeza del Deus cortando del otro lado donde Ítalo había dado, borrando por completo lo que era la boca y la nariz de la calavera. Pero el Deus seguía vivo. Seguía de pie y avanzando. Cregh repitió el hechizo de curación, y volvió a la carga.
Aldara estaba en el suelo, convulsionando por el esfuerzo. La barrera que protegía a Ítalo y a Li, y la lluvia de hielo se deshicieron. Saltando cadáveres, con sus pies bañados en sangre fresca, la estampida del Oeste estaba a menos de cien metros. Ítalo apuró a Li y le señaló a Aldara. Desbordado por la escena, fue corriendo hasta donde estaba la nereida y recordó el anillo a mitad de camino. La levantó y la pegó a su pecho.

Cregh cambió de conjuro, y llenó su mano de la luz amarillo pálido. Utilizó la transportación y apareció por la espalda del Deus. De un salto todavía más alto que el que había logrado Ítalo, clavó la espada en una cuenta ocular verticalmente. Mientras más de cuatro tentáculos le atravesaban todo el cuerpo, la adrenalina le hizo obviar cualquier herida. La bestia se encogió sobre su vientre y luego en un movimiento de látigo, estiró la cabeza con toda su potencia hacia atrás. Cregh logró domarlo incluso con los tentáculos tironeando dentro de su cuerpo. Aferró la espada en el cráneo, y con la mano envuelta en Arte Alternativo, golpeó el mango, como si se tratara de un martillo. La espada se hundió entera en el Deus, despedazando el cráneo y cortando el cuello en dos. Tironeó del arma para sacarla del enemigo y rápidamente se deshizo de los tentáculos que lo había atrapado. Vio que tenía tres agujeros en el torax y solo atinó a reír. Saltó y se transportó hasta donde estaba Ítalo.

El titán siguió caminando dos pasos lentos y pesados, para luego desmoronarse en el piso. La tierra se estremeció de inmediato. Raíces, plantas y enredaderas nacieron de la nada para cubrir al Deus y empezaron a empujarlo hacia el suelo. En cuestión de segundos, lo engulleron, pero la flora no parecía dejar de crecer exponencialmente en todas direcciones.

—¿Está... realmente muerto?—preguntó Ítalo y Cregh solo se limitó a sonreir. El mago de repente empalideció y casi se desmaya cuando sintió todo dolor de golpe. —¡VAMONOS DE AQUÍ!

Ítalo estiró la mano hasta Li y tocó el hombro del Mago. Miró la congregación de cada bicho de Verin que tenía a la espalda y sintió lastima. Se quedó un segundo observándolos como corrían desbocados hasta un enemigo que iba a desaparecer en un parpadeo. Volvió la cabeza y vio como las plantas empezaba a tomar peligrosamente todo. No tardó ni un segundo en reconocer aquél patrón. Era idéntico a las Tierras Sagradas, lo que le dio un sabor amarguísimo. Cerró los ojos y pensó en el lugar más lejano y seguro que se le ocurrió.

—¡ESPERA!—grito Cregh, que no se había curado y sangraba por todos lados.

Se transportó a un lugar cerca de lago, muy cerca de dónde un nuevo bosque empezaba a nacer, arrasando y devorando cualquier cosa que hubiera cerca.

—¿QUÉ?¿QUÉ CARAJO ESTÁ HACIENDO?—preguntó Li hecho una furia.

Después de cinco segundos que se hicieron eternos Cregh volvió con Malo agarrado del cuello.

—AHORA SÍ, VAMOS, VAMOS—apuró el mago.

Ítalo los transportó a las afueras de Verin, cerca de la tumba de Dalia. Cregh, empapado en sangre, puso las manos sobre el cadáver de Malo. Cerró los ojos intentando recordar algo. Movía las manos de la manera requerida, pero se le hacía imposible recordar las palabras. Li dejó a Aldara en el piso, que ahora estaba desmayada. No se despegó de ella y se quedó acariciándole las manos.

—La puta madre—dijo Cregh.
—¿Qué intentas hacer?—le preguntó Ítalo extrañado.
—El dibujo...Malo... en el libro—dijo con hilo de voz, apenas lo suficientemente claro para hacerse entender.
—Dejalo, Cregh... Los quitnars no reaccionan a esta magia.—dijo el pistolero, volteando
—¡QUITNAR!¡Eso era! —gritó Cregh— ¡Ra'vi Quitnar!

Cregh conjuró el arte alternativo e inmediatamente el animal empezó a tener espasmos. El mago se curó de inmediato y se desplomó en el piso por el cansancio.  Después, el cuerpo de Malo, que había quedado en su forma canina, empezó a cambiar de pelaje. El blanco pulcro se convertía en un marrón muy claro. De inmediato tanto su cabeza como piernas, empezaron a crecer. Su rostro también se deformaba y  tomaba una expresión mucho más severa. Los músculos de su rostro se estiraban y dejaban ver una fila de colmillos que no antes no tenía. Malo, abrió los ojos. No reaccionó por unos largos segundos. En su mirada, ya no había rabia. Aun así, mientras su herida sanaba por su nuevo estado, tardó largos segundos en silencio antes de hacer algo. Gruñó de repente y asustó a todos con su voz muchísima más grave y poderosa. Se puso de pie y miró para ambos lados, buscando al enemigo.

—¿Malo?—dijo Li con voz fina y un nudo en la garganta imposible de disimular—Estás de vuelta amigo. Vas a tener que perdonarme por el balazo.

El Quitnar lo lamió y todos lanzaron un grito de felicidad, dando una primer señal de distensión de la matanza que había acabado de pasar. Pero el animal seguía en ese modo de hipervigilancia, moviendo la cabeza de un lado al otro. Depositó su mirada en Aldara, que seguía desplomada.

—Creo que no recuerda nada— le dijo Ítalo.
—¿Va a pasar lo mismo con el resto de los bichos?—preguntó Cregh.
—Por la puta madre de todo. ¿Acabamos de matar al Deus?¿Ganamos?—gritó Li.
—¿Ganamos?—repitió la pregunta Cregh.
—¿No reconocieron las enredaderas? —dijo Ítalo, sin ánimo. Se sentía inmensamente feliz por matar al Deus, pero al mismo tiempo, reconoció que todos habían sobrevivido excepto Dalia.
—Las Tierras Sagradas—susurró Li.
—Es otro capítulo. Un nuevo comienzo que nuestra gente va a escribir—dijo Cregh con una sonrisa luminosa como siempre—. Ganamos.

Ítalo notó que la tormenta había parado y algunas nubes empezaban a darle paso a efímeros haces de luz. Recordó todo el viaje en un segundo y meneó la cabeza. Se le contagió la sonrisa de Cregh.

—Si, ganamos —dijo Ítalo atando los cabos en su cabeza—. ¡Dioses! Somos el equipo de las profecías. ¡Salvamos a Alles!—dijo gritando y abalanzándose sobre Cregh para abrazarlo. El hechizo de Malo expiró y los dos miraron como se volvía más pequeño, cambiando su pelaje a blanco y ambos rompieron en risas histéricas.

Li no se despegó de Aldara hasta que despertó. Se encontró pérdida y cuando reaccionó, abrió los ojos como platos mirando para todos lados. Vio a Li, Cregh, Ítalo y Malo y se río.

—¿Ganamos?—gritó en un chillido de emoción.

Pero tuvo una reacción muy parecida a la de Ítalo, notó y recordó a Dalia al ver a todo el equipo y rompió en llanto. Abrazó a Li y apoyó su cabeza en el hombro del pistolero. El llanto fue tan largo y profundo que desapareció el ambiente festivo. Nadie tenía que decir nada para entenderlo. Pasaron un rato largo callados hasta que los rugidos de sus estómagos fueron los que rompieron el silencio. Las ganas de algo consistente y enorme se hicieron sentir de inmediato. La última cena que preparó Ítalo había sido básicamente una formalidad. Le dieron unos minutos más al mago para que sus herida se terminara de coagular. Ni siquiera pensó en usar el arte alternativo, su cerebro no iba a procesar información que si no tenía comida.
Se juntaron —recuperando un aliado casi desde el otro lado— y empezaron a avanzaron en una dirección que habían postergado por más de un mes entero. El poder del anillo los hizo aparecer en un instante en las afueras de Aqlatan, más precisamente en el pequeño lago donde Li e Ítalo habían visto al oso. Aprovecharon el agua cristalina para beber y rellenar las bolsas de Aldara. En esos páramos no había ni una sola nube. Todavía no era mediodía y hacía un día excepcionalmente bello.
Parecía lejísimos la cúpula de Varoa y la oscuridad eterna. El tiempo subió unos cuantos grados y todos empezaron a secarse después de estar horas bajo un diluvio. Malo aprovechó a tomar agua también, adoptando su forma felina.
Al intentar volver a transportarse el anillo no respondía. El destino ahora, era Varoa.

—Sabía que estas cosas tenían que tener límite—dijo Cregh con un tono jovial, al ver a Ítalo sacándose para observarlo mejor.
—¿Qué pasa ahora?¿No sirven más?—preguntó Li.
—No... No creo. ¿Se recargarán? Estos artefactos son únicos —contestó Cregh.

Cambiaron los anillos entre Ítalo y Li para transportarse hasta Varoa una vez que se sintieron el hambre fue más que las ganas de sentirse secos. En un segundo, aparecieron del lado Este del domo de Varoa, bastante lejos de la entrada. Había un par de nubes y había un viento que venía del sur bastante frío. Haciendo el viaje por escalas, Ítalo esperaba no quedar parado en el medio de la nada. Se sentaron en el pasto por unos minutos, para ver si el anillo funcionaba Aldara se tomaba el brazo a cada rato y gemía en silencio. Ninguno se creía lo suficientemente confiado para poner el brazo en su lugar. Ítalo mencionó el amuleto de Cregh y el Arte Alternativo para curarla, pero Aldara era incapaz de mover los brazos como el hechizo requería. El mago insistió para que todos se curaran, pero Li había tener huesos de metal e Ítalo no perdía sangre y caminando con la punta del pie no le dolía bastante. El pistolero habló del gurag y la posibilidad de pedirle comida, aunque ninguno tenía buenos recuerdos de Varoa.

—Demos unos segundos más al anillo e intentamos —dijo Ítalo, intentando calmarse más a si mismo que al resto.
—¿Dalir nos esperará? En esa... "Posada del Mar"—dijo Aldara.
—Refugio del Mar—corrigió Li—. Estoy seguro que si.
—¿Si?—dudó Ítalo y el pistolero lo miró encogiendo sus hombros y levantando las palmas a la altura de su pecho —. Es un bicho, no sé hasta donde llegó la influencia del Deus. Mirá a Malo, sigue en un estado de shock.
—Es verdad—dijo Cregh llevándose la mano al barbilla—. Quizá no nos reconozca.
—Gangshi está a cientos de kilómetros —aseguró Li, aunque Malo no salía de esa especie de trance.
—Bueno, lo único que importa es que lo de Ernesto siga en pie. Estoy extrañando hasta el limón de sus comidas —dijo Ítalo.

Usó el anillo de Li y los llevó a Gangshi sin problemas. No volvieron a hablar sobre los límites del anillo, pero imaginaba que Ítalo el hecho que lo haya usado mucho más que el pistolero fue la razón de porque había dejado de funcionar. Aparecieron en sobre el muelle, desierto, sin ningún tipo de rastro de algo vivo cerca. No había siquiera un solo barco llegando o buscando partir. Había un par de embarcaciones que parecían varadas hacía demasiado tiempo. El viento de mar soplaba fuerte y gélido. La temperatura era muy baja y Ítalo empezó a tiritar; todavía estaba en cuero.
El destino era claro, recorrieron por la orilla, buscando hacer de nuevo el mismo camino que Dalir hizo hasta llegar a la posada de la bola de pelos. La ciudad y la gente estaban lejos de aquel lugar. Antes de bajar del muelle a la costa, se encontraron con manchas de sangre y una túnica de los Iluminados enganchada en un palo, mientras el viento la hacía sacudir como un trapo viejo. Ítalo ni siquiera dudó en el desconcierto del resto. Tomó la túnica y la vistió. Todos lo miraron con los ojos abiertos como platos.

—¿Qué pasa? Tengo frío —se excusó.
—Sangre—señalo Li, con una expresión severa.

Tenía un par de gotas de sangre en la capucha.

—No me va a matar. Vamos a buscar a Dalir —dijo Ítalo inconsciente, el resto no dijo nada.

El viento batió todavía más el mar, creando unas olas enormes. Las ráfagas de aire se llevaban las palabras, y el pistolero temió que esa fuera la razón la porque no escuchaban gritos. ¿Porqué pasaría algo? Gangshi estaba demasiado lejos de Verin.
Encontraron la hoguera donde había conocido a Dalir. El fuego estaba extinto, pero quedaban alguna brasa rebelde. Aldara fue quién guió el recorrido, mientras se tomaba su codo dislocado, ya que ninguno lo recordaba. Subieron a la acera, y los patrones no tardaron en repetirse: ropa rasgada, sangre. No eran las calles más populares de la ciudad, pero era inconcebible no ver a nadie en ninguna dirección, salvo por ropa y sangre, que casualmente parecían humanas. El ambiente se volvió denso y cargoso. Caminaba lento y preparados para cualquier cosa. El olor a sal fue un sustituto para la ceniza de Laertes porque era la misma sensación de muerte que les recorría todo el cuerpo. Cregh se puso al frente del grupo, para prevenir cualquier cosa. Consultaba con Aldara para la dirección, los seguía Li y justo detrás Malo, con un paso regular y lento, totalmente anormal para él. Último iba Ítalo rengueando. Cregh volvió a insistir en enseñarle a curar a Ítalo, quién cedió, poniendo la condición de que quería llegar a la posada antes.
La nereida señaló con su brazo bueno el lugar. Cregh aceleró paso a un trote y golpeó la puerta reiteradas veces, hasta que directamente empezó a dar manotazos.

—Puta madre—dijo Cregh— está cerrado.

La situación se volvió realmente incómoda. No era un buen momento para sorpresas.

—Hay una puerta detrás—dijo Aldara, señalando la derecha del local.

Por el costado de la casa, un pequeño pasillo llevaba a un jardín muy descuidado. Una puerta de madera blanca, sostenida por una sola bisagra oxidada. Cregh abrió la puerta muy despacio para no romperla. Todos avanzaron con un paso más que cauteloso. No había más que silencio, y de entre los rayos de sol que filtraban por las cortinas entrecerradas, lo único que se movían eran las partículas de polvo.

—¿Hola?—dijo el mago.

Se escuchó un crujido de madera, proveniente de la cocina. Al avanzar se encontraron con una bola de pelos negra, sentada en una silla, con la espada mal recostada y los brazos colgando. Sabía que vivía porque parpadeaba. No le sacaba los ojos a una vela derretida que había sobre la mesa.

—¿Dalir?—preguntó Li. El bicho giró la cabeza, y no respondió nada. Llevaba una camisa parecida a la vez anterior, pero no tenía su gorra.
—¿Ustedes?—dijo muy lento, casi como si estuviera sedado, pero con un tono amargo imposible ignorar.
—¿Ernesto?¿Dónde está?—dijo Cregh.
—¿Tienes comida?—dijo Ítalo.

Dalir se quedó en silencio y puso su mirada en la ventana que daba a la ciudad.

—Ustedes... hicieron esto... ¿no? —habló el bicho, muy despacio y modulando poco.
—¿Qué cosa?—dijo Li acercándose a la ventana.
—Todo—dijo levantando lentamente el brazo, y señalando de nuevo la ventana.
—¿Qué?—preguntó Cregh.
—Ellos... Algo pasó. Desperté casi a un kilometro de casa—dijo Dalir, terminando una oración de corrido por primera vez.
—¿Alguien te atacó?—inquirió Li.
—No... No me atacaron. Todos atacamos... a ustedes —dijo mirando al grupo. Parecía tener el ceño fruncido por como se le habían achicado los ojos. No estaba para nada contento con la visita —. Me duele la cabeza.

Dalir se paró y apoyó sus brazos en la mesa para no caerse.

—Ernesto llega hoy por la tarde—dijo Dalir mientras caminaba pasito a pasito para dirigirse a su cuarto —. Imagino que se va a hacer cargos de los gastos.

Desapareció de la escena para irse a su cuarto.

—Eso significa que no nos echó, ¿no?—dijo Aldara.
—Estaba tan raro. Totalmente distinto de la última vez —dijo Li.
—¿A quienes atacaron?¿Los iluminados? Nosotros no somos iluminados—dijo Cregh.
—Fue el Deus, estoy segura —dijo Aldara.
—¿Puede controlar bichos desde Verin hasta acá?¿Qué clase de magia usa?—preguntó Li.
—No creo que sea magia. En los libros decían que el Deus era el dueño de todo la tierra, de la naturaleza—aclaró Ítalo mientras se escabullía  hasta la alacena y los cajones de la cocina para buscar comida.
—¿Cómo funciona eso?¿Porqué no nos afecta a nosotros?—dijo Cregh
—No tengo idea. Quizás somos distintos al resto de los bichos —dijo Ítalo y se llevo un pedazo de pan duro a la boca.
—La sangre, la túnica de los Iluminados. Nos están atacando a nosotros, los humanos —dijo Aldara.
—Como Malo—gruñó Cregh recordando el ataque en el hombro.
—Pero Malo está calmo—afirmo Li.
—Ahora, pero todavía sigue transtornado por la manipulación. Mira como camina, todavía ni siquiera maulló —dijo Cregh.
—Me resulta inconcebible la chance de controle bichos así como así. Además lo mandamos a dormir de nuevo —dijo Li, intentando parecer seguro.
—¿Nos estás jodiendo Li?—preguntó Ítalo mientras comía un tomate como si fuera una manzana—Vos los mataste en Verin. Se nos abalanzaban desesperados cuando despertó.
—¿No viste sus ojos?—agregó Cregh.
—Y los latidos —terminó Aldara.


Li agachó la cabeza y permaneció en silencio.

—Imagino que tenemos que esperar a Ernesto y partir—dijo Li y se retiró al baño.
—¿Qué le pasa?—dijo Cregh.
—No tengo idea—dijo Aldara.

Se quedaron en silencio hasta que se pararon para acompañar a Ítalo con la tragantera. Frutas solas, verduras y pescado. Tan rápido como Ítalo terminaba de asar el pescado o una ensalada, se lo devoraban al instante. Li tardó casi un cuarto de hora en volver, pero se sumo a la comida sin más. Más allá de las dudas, fue una tarde fraternal, donde se miraron los rostros por primera vez en muchísimo tiempo. Ya no estaban atados a ninguna historia prefabricada. Ya no habían escritos sobre ellos. Sobre qué harían, como vivirían, a quién amarían, cómo morirían. Ya no eran el cazador, la nereida, el hechicero ni el pistolero. El caballero ya no era.
Detrás de los raspones, las quemaduras, los brazos quebrados, los huesos astillados, las armas, los anillos y los amuletos, solo había ojos cansados que se alegraban de tener una comida caliente en la mesa. Tenían la sensación de vértigo por las posibilidades que tenían ahora, parecían inmensas. Después de salvar a toda la raza humana, había vida. Ese había sido premio después de todo. Un camino sin intervenciones divinas. ¿Felicidad?
Se comunicaban con solo mirarse. Mientras sacaban las espinas de los pescados, o mientras tomaban un vaso de agua. Los cuatro estaban en sintonía. Los cuatro lo sintieron. Y cada uno sacó sus propias conclusiones. Sonrieron todos, en parte por la comida tan ansiada y por otra parte por la sensación de levitar que les daba la falta de carga en sus espadas. Incluso Li, que estaba asustado por lo que podría estar pasando allá afuera, entendió que no era su problema.  Y por más que quisiera hacer algo, el equipo estaba lisiado. Por lo que, hasta Malo que empezó a recuperar el ánimo sobre el final de la tarde, disfrutó sin culpas.
El ruido de los cubiertos tintineando, los dientes masticando y el viento marino golpeando las paredes de la posada. Ítalo se sintió como cuando era un niño y su familia todavía se parecía a una familia. Aldara pensó en su prometido asesinado, aunque el pecho se le lleno de recuerdos de su padre. Li también recordó a su padre, y pensó en hacía cuanto no tenía una comida como aquella. Recordó entonces los bares, y los carteles de recompensa. Los viajes y la incertidumbre del mañana. Cregh no pensó en nada más que en todo lo venía. Recordaba el momento en que clavaba la espada en la cabeza del Deus y se le estremecían las piernas. No tenía idea de cómo lo había hecho y estaba tan feliz de saber que de alguna manera podía repetirlo en cualquier momento.

Antes del atarceder, Ernesto entró por la misma puerta trasera que ellos habían utilizado.

—Sabía que esto era obra suya—dijo Ernesto, sombrío.—¿Dónde está Dalir?
—Está en su cuarto, durmiendo ¿Qué hicimos exactamente?—dijo Ítalo.
—La gente del Oeste. Enloqueció. Pero ustedes están acá, entonces ¿lo derrotaron?—preguntó Ernesto.
—Ganamos—dijo Cregh, agrandado, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Pero... la gente del Oeste sigue asesinando humanos a diestra y siniestra —dijo con un hilo de voz.
—Está muerto—garantizó Ítalo.
—Ellos enloquecieron cuando él despertó, pero eso ya pasó—dijo Li.
—No...—aseguró Ernesto.

Ernesto contó que esa misma mañana paró en un muelle al sur al dejar la carga. Los bichos enloquecieron de inmediato. Pero su relato no coincidía con el tiempo que duró la batalla con el Deus. Tanto Malo como Dalir ahora eran dóciles y no tenían intención de matarnos. A diferencia de la historia sobre el amor de Angela, ninguno pensó que estaba mintiendo. Su cara estaba extrañamente contraída y asustada.

—No paraban de matar humanos, ni siquiera a los Iluminados. Estaba completamente cegados. Desde el muelle pude ver todo. Zarpé de inmediato para alejarme del horror. Por suerte jamás me vieron. Pero yo si podía verlos desde mi embarcación. Sentí que se me congelaban las manos del terror. Jamás pensé que podían usar ese tipo de violencia entre los suyos. No veían que compartían su religión, no eran hermanos, eran enemigos—concluyo el marino.
—¡Pero Malo!¡Y Dalir!—objetó Aldara.
—A nuestro Quitnar lo poseyó el Deus. Intentó matarnos —dijo Ítalo, cruzado de brazos y apoyando la cadera contra la mesada—. Ahora más allá de que estar un poco raro de ánimo, no intentó nada.
—¡Lo mismo Dalir! Y Malo no pudo siquiera resistirse al deseo del Deus cuando estaba vivo—gritó Aldara.
—Tal vez son lo suficientemente fuertes para soportar el residuo de las órdenes de su Deus —dijo Ernesto, que parecía mucho más sabio cuando no estaba contando sus historia. Se quedó pensativo.
—En los textos sagrados se habla de una posesión prácticamente total. Entendí al instante que Malo estaba siendo controlado. Él es SU dueño. Le pertenece todo lo proveniente del Oeste —dijo Ítalo.
—¿Porqué entonces Malo no nos ataca?—preguntó Aldara.
—Conozco muy bien a los bichos. La gran mayoría nos odian. Hablo de un desprecio arraigado en sus corazones—dijo Ernesto.
—Lo sabemos—dijo Cregh, irónico.
—Su Dios podría haberlos controlado, darle órdenes en contra de su voluntad. Otros tal vez, la mayoría, simplemente lo acataron. Porque ese estado es lo que siempre esperaron, lo que siempre desearon. La semilla germinó.

Era un concepto espeluznante, pero tenía sentido. No hacía más que una borrachera que un humano promedio sacara su peor faceta contra algún bicho. A veces ni siquiera era.

—Vamos a zarpar. Ahora mismo. Este continente es demasiado peligroso —dijo Ernesto— Voy a saludar a Dalir.
—¿No hay que buscar nada?¿Provisiones?—dijo Cregh.
—No, tengo todo listo para el viaje. Ah, lo único es que no conseguí limones —dijo Ernesto y todos intentaron infructuosamente contener la risa.

Una vez que saludó a la bola de pelos, Cregh sugirió transportarlos hasta el bote. Salieron antes de que el sol se oculte. La sensación de hostilidad, a la cual se habían acostumbrado a lo largo del mes que pasaron allí, se diluyó cuando en el horizonte ya no se veía la costa de Gangshi. Ese lugar no era para humanos. Nunca fueron y serán bienvenidos. El viaje duró 10 días y no hubo tormentas. La integridad como grupo no hizo más que aumentar. En cada almuerzo y cada cena. O mientras el sol del mediodía doraba la tez de los elegidos. Fue una travesía de tranquilidad y paz. El rostro de Dalia, no fue protagonista en ningún momento.
Ernesto resultó saber —o decir que sabía— algo sobre medicina y se sintió lo suficientemente confiado para acomodar el brazo de Aldara. Con un pedazo de la túnica de Ítalo, le vendaron el brazo. El marino volvió a contarles más historias, convergentes, divergentes y paralelas de las que les contó en el primer viaje. Eran obvias las incongruencias, ninguno se quejaba. De hecho, escuchaban con atención.
Al décimo día, por la mañana, llegaron a Havenstad. Saludaron al marino e Ítalo se encargó de escribirle a una carta para que entregara a alguien de la familia del Valle, para que le facilitara un pago generoso, ya que no disponían ni de un solo ronrintio entre los cuatro.
No hubo celebraciones, ni  bienvenidas. Ellos no eran nadie para el continente.
Caminaron por el muelle hasta la ciudad. El viento soplaba despacio en la ciudad puerto. El ambiente era tenso y pesado. Como si nunca hubieran abandonado el Oeste. La gente hablaba en voz baja y caminaba rápido. No tardaron en ver a gente uniformada, con una especie de capa naranja. En la capa naranja, la insignia de los Robler, bien conocida por Ítalo.
Los cuatro elegidos, junto con su fiel compañero Quitnar completamente recuperado, vagaban por Havenstad, que estaba extrañamente llena de gente. Los designados por Wendaagon no hablaban, solo caminaban juntos, queriendo evitar el destino inexorable. Arriba del barco, fue la última vez que iban a ser un grupo.

Caminaron y llegaron hasta la entrada de Havenstad, dónde hacía no tanto habían combatido al bravo Karus. Ítalo ya había probado el anillo, el cual funcionaba perfectamente después de no usarlo por varios días. Era simplemente una formalidad ir hasta la entrada. Ya habían hablado sobre qué iban a hacer, pero volvieron a intentarlo, como queriendo retener lo que se había formado. Impregnar en la memoria cada lo mejor del viaje.

—Entonces... vuelven a Veringrad —dijo Cregh.
—Si, tengo que volver —dijo Ítalo.
—Yo soy una fugitiva de la ley, espero que los del Valle puedan hacer cambiar de opinión a la justicia—dijo Aldara.
—Los caminos se bifurcan —dijo Li, poético, por primera vez desde que lo conocían.
—Es inevitable—dijo Ítalo—. ¿No nos van a acompañar? ¿No confían en la recompensa de Wendagon?

Li puso sus manos en el cinturón y miró el piso. El mago miró para un costado.

—No—dijeron al unísono.
—Creo que era simplemente una excusa—dijo Li.
—Ese viejo nos usó... por el bien de todos. Qué en paz descanse. —dijo Cregh.
—Pueden volver en cualquier momento...—dijo Aldara tímida, invitándolos.
—Mi casa es su casa, señores. Mi familia sacó su prestigio por vencer al Deus, doscientos años atrás. En medio de esta muchedumbre, que nos mira como meros extraños, puedo ofrecerles que todos sean del Valle. Hay un procedimiento para que se puedan acoplar y gozar de los beneficios de... —dijo Ítalo hasta que Cregh lo tomó de la mano.
—No es necesario. Está bien así. Voy a buscar a mi hermano, por Havenstad, en estos días. Tal vez vuelva a casa. Me quedo con Li y Malo. Podemos vender el anillo si pasamos demasiado hambre —río Cregh.
—Yo creo... que la recompensa de Wendagon es cierta —dijo Ítalo tomándose el codo—. La merecen mucho más que yo. La indiferencia de todos nuestros hermanos. Mi familia está acomodada, en cambio... ustedes lo necesitan —Li se río cuando Ítalo termino.
—Vamos a estar bien, hay un goce en sobrevivir el día a día que los chicos ricos no entienden —dijo el pistolero.

Ítalo se acercó a Li, dubitativo. Él lo tomó con firmeza y lo abrazo fuerte, mientras sonreía. Cregh casi se tira encima de Aldara, pero tuvo cuidado por su brazo vendado. Luego Aldara besó en el rostro a Li y él le pasó la mano por detrás de la espalda y la movió acariciándola. Ella se sentó en el piso para saludar al Quitnar y Malo se subió a su regazo, que pareció ser siempre su lugar favorito. Malo maulló y le lamió la mano. Ítalo le pidió a Cregh el libro de Arte Alternativo, ya que era la única cosa que le quedaba de Hanzel. Estaba en pésimas condiciones, por lo que era casi ilegible e inútil. Cregh había grabado a fuego los hechizos, porque lo que aceptó sin más. Paso siguiente también se abrazaron en un abrazo que Ítalo sintió muy parecido a los que daba Marco. Y antes de que las lágrimas se hicieran  presentes, y la despedida fuera más triste, Ítalo y Aldara desaparecieron en camino a la capital.




Pero no hay despedidas definitivas, porque las historias nunca terminan.





martes, 12 de septiembre de 2017

ROL FINAL 2da PARTE (ESTE)

El calor del sol entibiaba los corazones de la ciudad. Esa sensación de paz, fraternidad. De vivir sin un infierno a los pies.

La mansión Wendagon se había vuelto una caja de eco. Los pasos de Evelio retumbaban entre las paredes de piedra. Hacía ya tiempo que solo recorría los pasillos buscando nada, solo matar el tiempo.

La luz se filtraba por algunos huecos, y se podía ver como partículas de polvo danzaban al ritmo del verano. A él le gustaba el sol, su presencia siempre le era bienvenida. Pero desde el asesinato del terrateniente, su misión se había reducido a una: esperar.

Su conexión con el oráculo era completamente nula. Su conocimiento de la magia era pobre y vago. Su mayor virtud la llevaba pegada en su pecho: la lealtad. Su capacidad de dejar todo atrás y velar por quienes confiaron en él hacían obvias las razones por las que Wendagon lo había elegido. Era de cara juvenil y enérgica, sin un solo vestigio de una arruga. El rostro pálido brillaba cuando caminaba a través de esos haces de luz que se metían pidiendo permiso por alguna ventana, o incluso algún agujero de la pared.

La mansión era tan grande que era difícil hartarse de recorrerla. No era para nada monótona, cada cuarto tenía su propia esencia. Una especie de sensación en el aire al entrar que al pasar un rato se la llevaba el viento. Todas las habitaciones tenían como mínimo un cuadro. Evelio se perdía imaginando historias con solo mirar los colores. No tenía que si quiera esforzarse, era como si las imágenes lo esperaran para contarles sus historias.

Más allá de la lealtad, más allá la belleza de la mansión. La sombra del asesinato del dueño de la mansión y la sangre coagulada en el suelo —que Evelio nunca se animó a limpiar—, lo perseguían en las noches. No había quedado rastro del asesino. Y no tenía idea si podía volver por él para cortar todo vínculo cercano del señor de tierras. De todas maneras, las horas de vigilia eran porque sabía que podía haber hecho algo al respecto. Quizás siendo haciendo de carnada, al precio de morir, a cambio que su señor siguiera vivo.

El funeral había sido multitudinario. Había pocos llantos reales, pero había predominado una tristeza rayada de genuino respeto. No era menor el hecho que no había más lágrimas para llorar. Muchos terratenientes habían muerto en muy poco tiempo. Parecía que la gente se acercaba a despedirlo como dándole gracias por su ayuda en algún momento de la vida, tal vez con dinero, con su poderes premonitorios o simple sabiduría.
Una vez que el cuerpo empezó a apestar la gente se disipó. Nadie se quedo para el entierro más que el siervo y el hombre enorme encargado de levantar el ataúd. Tal era la lealtad de Evelio que pidió ser él el que tapara con tierra el lecho. A pesar de sus brazos escuálidos y su endeble torso, terminó la tarea. Wendagon estaba enterrado en el jardín de la mansión. No tenía ningún mausoleo ostentoso, solo una lápida y un cajón de madera con quince clavos.

Esa tranquilidad. La impunidad y la manera de derrochar el tiempo que tenía el Este. Alles estaba condenado por sus propios pecados. Solo con el instinto de los que le eran leales al Deus era suficiente.

Gritos. Primero en la lejanía, como una tormenta regurgitando y después tan cercano como un susurro. Se acoplaban, uno encima del otro y en menos de veinte segundos era algo ensordecedor.
El sol miraba, impune también.
Evelio corrió hasta la puerta principal. Imprudente, simplemente la abrió sin más. Bajando por la calle, gente corriendo, perseguida por seres espantosos que él nunca había siquiera visto en sueños. Las arañas del bosque habían esperado demasiado tiempo ese momento. Envueltas en un odio sin remedio, sus ojos se habían vuelto rojos por la influencia del Deus.
En el intervalo de diez segundos en el que Evelio salió afuera a mirar, presenció por lo menos como desmembraban a tres personas en la calle. Antes de que pudiera cerrar la puerta, un cuervo, con los mismos ojos en carmesí, lo divisó y se abalanzó de un salto sobre la entrada de la mansión. Evelio notó que era imposible cerrar a tiempo el portón, y empezó a correr despavorido. El cuervo que casi llegaba a los dos metros de altura, era mucho más rápido que el joven. Podía correr, pero no tenía ningún margen para escaparse. Subió unas escaleras a una velocidad que no sabía que pudiera ser real. Recorrió unos metros y se metió en una habitación a la izquierda.
Apenas llegó a poner el pestillo. De inmediato se hicieron sentir los golpes desde el otro lado, queriendo tirar la puerta abajo. Evelio se apresuró a encarar la ventana, pero con solo ver la altura sus piernas se aflojaron. Era demasiado alto para saltar, solo podía esperar a que la muerte llegara. La madera empezó a crujirse. El hierro que sostenía la posición de la puerta también cedía.
A pesar de recorrer las habitaciones prácticamente todos los días, nunca había visto lo que un rayo de sol hizo brillar bajo la cama. Lo recordó de inmediato. Esa era la habitación que el pistolero de la profecía había descansado. Había olvidado un revólver.
Con una seguridad impropia tomó el arma y corroboró que estuviese cargada. No estaba seguro de como funcionara, o si el calibre era suficiente para matar a una bestia de la envergadura de aquel cuervo.
Se paró frente a la puerta. El cuervo había roto de una patada la madera. Hizo un hueco lo suficientemente grande como para que intentara meter su cabeza por ahí. Intentó meter sus alas también y terminar de derribar la estructura. Miró a Evelio con aquellos ojos rojos y una ira rabiosa, desesperada. El siervo se acercó hasta el bicho e incluso al ver el revólver, el bicho no sintió la más mínima expresión de miedo. Evelio disparó cuatro veces en el cráneo, dándole una muerte instantánea. Intentó abrir la puerta, pero todo el mecanismo ya estaba demasiado torcido para funcionar correctamente. Gastó las últimas dos balas en el picaporte y en el pestillo. Paso siguiente todo se desmoronó al instante. No sintió lástima por matar a la bestia.
Evelio corrió buscando algo que conocía muy bien; el altillo. Era la posición más segura de toda la mansión, y estaba seguro que debía haber algún arma escondida. Dudaba de que tuvieran la capacidad de encontrarlo allí, o si quiera que recorrieran una mansión prácticamente abandonada cuando los alaridos de la calle que orquestaban la escena le daban la seguridad que afuera había suficiente como para entretenerse un buen rato. A toda carrera, y sobre todo sin querer mirar atrás para ver si alguna cosa lo perseguía, recorrió los 3 pisos faltantes. Abrió el portal de firme metal y se encerró. Era un lugar enorme, con algunas reservas de comida y agua y su correspondiente cuadro. La esencia del lugar lo hizo tranquilizarse en un momento que parecía imposible hacerlo. El celeste claro que pintaba el cuarto le recordaban a la infancia, por alguna razón. En la pared, había una espada colgada, de la que se aferró como si fuera un niño pegado al pecho de su madre.
No quiso ni asomarse al pequeño hueco en la piedra, que funcionaba como ventana. Tenía miedo de tener contacto visual con lo que había en barrio alto de Veringrad. La altura no era ningún atenuante para el mar de gritos que recorrían la ciudad. Sentado y paciente, se dejó envolver en ese sufrimiento hecho sonido. Los minutos pasaron y finalmente no se resistió más. Desde lo alto, pudo ver como los humanos eran diezmados, sin ningún tipo de piedad. Aunque no pudiera asegurarlo por la distacia, estaba seguro que todos tenían ese carmesí profundo en los ojos. No entendía que carajo sucedía, y decidió cumplir con lo que Wendagon le había encargado. Esperar. Sentado y callado. Cerraría los ojos y trataría de ignorar los cristales rotos, los llantos, y los pedidos de auxilio. Esta vez, el no podía hacer nada.

ROL BETA FINAL 1ra Parte(OESTE)

El llanto de Ítalo revivió una vez que se puso de pie. Vio como la sangre que salía de la cabeza de su hermano se mezclaba con el barro y formaba una especie de pasta roja espantosa. Se tomó el rostro y lo apretó. Sintió el olor de la carne de su brazo calcinado y sintió también el ardor. Tenía la piel al rojo vivo; las gotas que caían allí le producían una sensación de una quemadura insoportable.

Lloraba con ganas; gemía y el aire apenas pasaba por su garganta. Caminaba de un lado al otro, buscado arroparse de la lluvia y sentir algo sólido donde apoyar la espalda. La llanura del claro lo hizo sentir sin esperanzas. Giraba la cabeza buscando algo, pero no lo encontraba. Volvía al mismo lugar, volviendo a ver el cadáver. Lloraba y no era capaz de detenerlo o hacer algo apaciguarlo. Se desplomó —de rodillas— frente a Hanzel, dejando caer el peso de sus hombros hacia atrás. Agarró el lodo del suelo y lo arañó ansioso, desesperado. Con la mano que no estaba quemada, tomó la del difunto. La acarició y sintió como el calor se iba disipando. El agua helada borraba los vestigios de la vida de su hermano. Frotó con su pulgar la palma de la mano con delicadeza y luego la apretó fuerte.

—Hanzel... No quiero sufrir más —dijo con un hilo de voz, en medio de los sollozos.


Todavía aferrado a la humanidad del mago, cerró los ojos y con el pasar de los minutos su cuerpo compungido empezaba a dar indicios de querer parar finalmente.
El corazón del bosque latía cada vez más rápido y fuerte. Ahora la lluvia menguaba, convirtiéndose en una llovizna que se deslizaba en la brisa. Ítalo se movió hasta donde estaba Aldara, que muy despacio se intentaba poner de pie. Agitada y agotada lo miró a los ojos, pero no abrió la boca.

—El resto —le dijo—. Hay que movernos.

Aldara asintió y luego de llenar de aire su pecho estiró el brazo hasta tocar al cazador. Había una extensión del bosque que rodeaba el río más adelante y e imposibilitaba ver más allá. Usando el anillo recorrieron los kilómetros de llanura en un segundo. Dónde terminaba esa pequeña extensión de árboles, fluía el río y desembocaba en el enorme lago. Tanto Ítalo como la nereida divisaron las figuras de los magos, el pistolero y Malo. La imagen se mantuvo estática por varios segundos. No entendían que pasaba, ninguno de los cuatro se movía. 
Ninguno de los dos aportaría  algo significativo a la pelea, por lo que Ítalo los transportó a una distancia prudente.

—¿Karus... está arrodillado? —le preguntó a la nereida para saber si sus ojos no lo engañaban —¿Qué es ese brillo que le sale de la armadura?

Aparecieron en la escena y sus compañeros giraron sus cuellos para encontrarse. Los miraron severos a los que llegaron y, casi de inmediato, su atención volvió a seguir mirando a Karus.

—Yo también estoy contento de que estén bien —dijo el cazador, sarcástico.

El pistolero lo silenció mientras mantenía sus dos calibres apuntando desde la cadera. Cregh tenía las manos brillando de un amarillo pálido; arte alternativo. El mago se puso en cuchillas y miró a Karus. Malo abandonó su forma canina y dispersó el ambiente tenso.

—Creo que realmente está muerto—le dijo a Li, todavía con las manos brillando—.
—Si...—le contestó al mago enfundando uno de sus revólveres muy lentamente— eso parece.
—Miau— afirmó Malo.
—¿Qué paso? No entiendo —preguntó Aldara.
—No sabemos... simplemente cayó así al suelo y dejó de moverse —dijo mientras lo señalaba con el revólver que le quedaba.
—Y empezó a destilar esa cosa brillante —acotó Cregh.
—¿No te recuerda a la luz de las plantas de los Robler? — le preguntó Ítalo y el mago afirmó en silencio.

El espectro que era Karus había terminado su ciclo en ese cuerpo. No era de su propiedad. Por más que no fueran más que un títere, los cuerpos en los que reencarnaban tenían la posibilidad de dejar de responderle una vez que les fuese físicamente posible seguir moviéndose. Karus sentía el dolor del cuerpo, pero no era más que algo pasajero. Al final, el cuerpo podía revolucionarse de las órdenes del ente,  al costo de morir al paso siguiente. La gran mayoría de las veces, poco tenía que ver con la voluntad del cadáver, sino con la propia estructura biológica que la sostenía. Se exigían límites más allá de lo que soportable y el mecanismo se rompía. Esta vez para siempre.
 Y sin vida el mago no podía mandar. Vagaría entre los mortales hasta que otro hechicero decidiera llevar a cabo la ceremonia para que resucitara. 
Su influencia ahora era nula. Los residuos de la ceremonia inicial, de la planta milagrosa del Oeste se purgaban por los poros del pobre cascarón que había utilizado. Rendido y humillado por el abuso que Hanzel y Karus habían llevado a cabo, el ser encontraba la eternidad con las rodillas clavadas en el piso y una espalda vencida hacia atrás. El propio peso del cuerpo hacía que se patinara hasta que cayó al piso.

—Está muerto —sentenció el pistolero y guardó el otro revólver.

Se mantuvo el silencio por unos instantes más, hasta que Aldara dio un paso al costado de Ítalo y rodeó el brazo con una fina capa de agua. El cazador chilló de dolor.

—No hace falta, todavía me quedan hojas de Valma como para curarlo —le dijo Cregh, apropincuándose.
—No, déjala. Sanala, revisa su herida de bala —dijo Ítalo, quejándose por el dolor.

Cregh se acercó y sacó la hojas curativas. Le pidió a la nereida que se sentara. Ella no mostraba expresiones de nada más que cansancio. Movió el brazo que no estaba atendiendo Cregh y el agua en el brazo del arquero se convirtió en una especie de escarcha. El mago se enfocó en la herida  hasta que vio la vista perdida de Ítalo.

—¿Él... murió? —preguntó Cregh
—Si, yo lo maté —dijo Ítalo sin más lágrimas para llorar. Quiso tomar la responsabilidad, no el mérito. Sabía muy bien que sin la nereida nada hubiera sido posible. 

Malo se frotó contra las piernas de Li, que con miraba ausente el lago de donde nacían los latidos.

—Aldara estuvo increíble —comentó Ítalo.
—No lo dudo —dijo Cregh.
—El amuleto era la clave.
—¿Qué cosa? —preguntó el mago.
—El amuleto que te llegó en Havenstad es lo que te permite utilizar el arte alternativo. Mi hermano tenía uno idéntico —le dijo Ítalo.

Cregh revisó entre sus prendas y sacó el amuleto. Lo miró con detenimiento y volvió a asentir. Nunca se le había cruzado por la cabeza. Destino tenía un plan orquestado hasta el más mínimo detalle.

Ítalo pensó en contarle acerca de los hechizos de Hanzel, pero no veía el punto de ponerse a leer un libro en una situación así. Desconocían la cantidad de tiempo que tenían y una vez más, no sabían como seguir. Aldara tuvo la corazonada que ese lago era el Oeste. No había nada más allá para el grupo. Eso implicaba que volverían a casa, o morirían con los ojos mirando a sus espaldas, su tierra, su patria; el este.

—El lago es nuestro destino. El destino de todos —susurró ella.
—No hay más posibilidades de titubeos, Cregh —se dijo el mago a si mismo, apretando los puños.
—¿A qué te referís, Aldara? —preguntó el pistolero.
—Todos, literalmente. Siento algo debajo del agua. —dijo con una mueca parecida al asco.
—¿El Deus? —preguntó ansioso el cazador.
—No —negó rotunda—... no creo que eso sea él.
—¿Qué es? ¿Qué sentís?—dijo Li.

Aldara cerró los ojos y perdió cuidado total sobre el brazo de Ítalo, el agua cayó al suelo sin escalas. Ella se tocó sus brazos y los frotó como si tuviera frío. Nos miró confundida y meneó la cabeza en un movimiento apenas perceptible.

—Almas —dijo.
—Tiene sentido— dijo Li, quién esperaba esa respuesta.
—¿Por qué tendría siquiera una pizca de sentido?—dijo Cregh
—No es la primera vez que relacionan el agua con las almas. Escuché historias tanto del Este como del Oeste sobre la idea de que a los espíritus se los lleva un río. Para desembocar en algún lado —dijo, tocándose la punta de la nariz.
—¿Y? No veo porqué deberíamos preocuparnos —dijo el mago.
—Yo tampoco— dijo Ítalo apoyando a Cregh y mirando confundido a Li. Aldara seguía con la cara atravesada por esa sensación y no decía nada.
—No sé, que el Deus se arrastre hasta un lugar así para que sea solo...¿agua?
—Están... tibias... Dioses, Dioses —gimió—, puedo sentir como nadan.

Aldara empezó a toser por las horribles sensaciones que le daba ser capaz de percibir ese caldo de almas.

—¿Estás bien? —le preguntó Ítalo.
—Es... demasiado.. desagradable —dijo apoyándose en el piso y escupiendo. —Son como peces... ¿vivos? —sacudió la cabeza, tratando de sacar esa cosa de su cabeza.
—Bueno, si son peces están vivos —aclaró lo obvio el mago.
—Aldara manipuló el agua del río sin ningún tipo de problemas antes —dijo Ítalo.
—No es lo mismo —dijo Li con toda certeza—.  Acá es donde terminan, donde se conglomeran.
—¿Cómo sabés tanto?—le preguntaron al unísono Ítalo y Cregh.
—No es que lo sepa, estoy tratando de darle sentido.

Ítalo se quitó las prendas del torso, que estaban tan chamuscadas como empapadas.

—¿Cómo seguímos?¿Cómo matamos al Deus? —dijo el arquero, en cuchillas. Li se acercó a él pero no dijo nada.
—Nuestra mejor chance es que lo intimides con ese estado físico, Ítalo —dijo Cregh desde lejos, conteniendo a Aldara con suaves roces en la espalda.

El cazador río y sacudió la cabeza. Miró el suelo por un largo momento y luego su mirada se corrió hasta Li.

—¿Qué hacemos? —dijo en voz baja, como restringiendo la charla a ellos dos. El pistolero seguía perdido en el lago. Ítalo le golpeó la pierna intentando hacerlo reaccionar. —Sos el que está apareciendo con estas ideas. Tienes los pensamientos más fríos y calculadores... yo acabo de matar a mi hermano —dijo sin inmutar sus ojos.

El pistolero suspiró y puso las manos en la cadera.

—¿La espada? —dijo, sin certeza, mirando sus revólveres.
—¿La espada? —repitió Ítalo.
—La espada —afirmó ahora Li, desenfundandola— ... tiene que ser.

Ítalo le quitó la espada de las manos al pistolero y se dirigió al lago.

—¡¿Qué haces?! —gritó Li.

El cazador tomó la iniciativa y puso un pie dentro del lago. Se quedó perplejo al sentir la temperatura del agua. La tibieza que tenía era totalmente opuesto a lo que esperaba. También sintió una rareza en la manera que el agua fluía. No era suficiente información para afirmar que eran almas, pero viendo la reacción de Aldara, se había convencido que era así.

Dejó caer la punta de la espada en el agua y miró como esta se volvía turbia. Una estela negra como el carbón rodeaba el arma. Como si estuviera hecha de acuarela, teñía el contenido del lago. Ya no se atrevía a decirle agua, porque no lo era en absoluto.
En cuestión de segundos sintió como del lado derecho de su pierna ya no sentía el calor tenue del lago. No era casualidad que estuviera sosteniendo aquella espada tan particular en su brazo derecho.

Sin reacción, perdido, mirando como el líquido perdía transparencia, ignoraba los gritos de Cregh. El mago había olvidado rápidamente la decisión que había tomado. Dejó las bromas y esa sonrisa que rara vez se le despegaba de la cara. Corrió hasta donde Ítalo y le puso una mano en el hombro, intentando parecer amigable. No había ninguna intención de lograr algún tipo de consenso, simplemente tomó la espada y, cuando el arquero levantó la vista, Cregh lo miró y le dijo “Necesito hacer esto”. Le extirpó el arma de las manos sin sacarle los ojos de encima, como si se trata de un sacarle un dulce a un nene. “Yo” le dijo señalándose el pecho. Ítalo guardó un silencio perfecto.

Cregh no sintió la tibieza, ni en ningún momento apreció como el agua se enturbecía por el contacto de la espada. Cregh se había hartado de su imagen. Ser el mago que prendía fuego pueblos, que les perdonaba la vida a los cuervos del Este. Que ni siquiera había podido demostrarse a sí mismo que podía, porque Karus había caído de rodillas sin decir mucho más.

Pensó en cuanto miedo tenía a morir. Pensó en cuan egoísta era anteponer un deseo personal a la vida de un continente entero, pero no era así. Por primera vez en su vida, confiaba en sí. Se aferró la espada y siguió adentrándose en el agua. Llegó hasta las rodillas, cintura, y pecho. Sintió un tirón en el pie y que lo hundió de un instante. Desesperado, recordó que no sabía nadar antes de que podía conjurar algún hechizo para respirar bajo el agua. Ahí abajo, no lograba ver nada más que oscuridad.
Aquella fuerza que lo adentró no hizo ningún otro esfuerzo por intentar ahogarlo. Sintió los latidos haciendo vibrar el agua. Escuchó algo más. Un ruido desarticulado, pero que tuvo la sensación que no provenía del agua. Conjuró una burbuja de aire, e intentó escuchar.

El ruido era como el de mil voces hablando una encima de la otra, pero todas diciendo lo mismo. Tuvo un escalofrío que se sintió como un pedazo de hielo bajando por su espalda. Descubrió que sus movimientos no eran de fluidos.Y mucho más aterrador, era que él no lo estaba controlando. Cregh pensaba en izquierda, pero su mano dudaba y se movía a la derecha. Él quería apretar la espada, pero la mano empezaba a dejarla resbalarse de sus dedos. Se concentró y todo volvió a estar bajo su control. Inmediatamente después, ese sonido desarmado y plural que escuchaba se hizo más claro. Por encima de esas palabras incomprensibles, una voz salió de su cabeza, hablando en el idioma del Este.

—¿Hechicero?—le preguntó la voz.
—S-si — titubeó el mago.

Las voces hicieron un zumbido, pero no respondieron. 
Al mismo tiempo, los latidos dejaron de sonar.

Los kilómetros de flora que habían crecido en pos de defender la cuna del Deus se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. Como si nunca hubiera existido. Solo quedaba una planicie hasta las montañas que rodeaban Verin, el río y el lago.

De su sueño que se había hecho eterno, el Deus retornaba al lago para reclamar su trono. Revitalizado, se paraba sobre el lecho del lago, mostrando la ornamenta de su cráneo. Dando apenas tres pasos, fue suficiente para desvelar todo su cuerpo. Desde su cuello rodeado de hojas y ramificaciones, a su manto negro que cubría hasta las rodillas.
Carecía por completo de piel, su carne estaba a la intemperie. Su esqueleto, hecho de en partes iguales de hueso como madera eran su principal y única armadura aparente. De su cráneo, dos huecos negros hacían de ojos y de su boca, con unos dientes de corte carnívoro, caía de manera grotesca una baba negra.
Sus tres metros de altura eran suficientes para entenderlo todo. La envergadura de sus hombros pasaba el metro y medio. El cuervo más grande llegaba siquiera a su pecho. A su alredor, pedazos de piedras de todos los tamaños se desprendían del suelo y flotaban con su mera presencia.


La revolución había comenzado.

A miles de kilómetros, también era tiempo de desatar el caos. La propia naturaleza de su cuerpo les pedía con desesperación matar al enemigo. El sosiego del Este había terminado. Un cuarto de hora, era todo lo que ellos necesitaban.